De Peshawar a Niza

21.07.2016

En lugar de reaccionar con el estómago contra los trágicos sucesos de Niza es necesario pensar con la cabeza. Vamos a la raíz del problema. El terrorismo como lo conocemos hoy nació en los años ochenta en el "pastunistán" pakistaní, en Peshawar, ciudad-incubadora de la yihad global, la cuna de Al Qaeda, un lugar de encuentro entre "los vendedores del paraíso a cambio del martirio", incluyendo a Osama bin Laden y Ayman al Zawahiri. A fabricar y entrenar a estas células fueron los estadounidenses y los saudíes. Los primeros proporcionaban en función antisoviética un apoyo económico y militar - a través de los servicios secretos de Pakistán - a los refugiados afganos, ahora bautizados como "freedom fighters"; los segundos, en su lugar, exportaban a través de las madrasas (escuelas coránicas) el pensamiento wahabí, preparando así el terreno cultural para la radicalización.

El mismo idéntico escenario se repitió exactamente con Irak, luego en Libia, y finalmente en Siria, con los estadounidenses y los saudíes que en un primer momento han favorecido el ascenso del llamado Estado Islámico (organización aún más avanzada y espectacular), y en un segundo momento no han hecho nada para combatirlo (después de dos años, sigue ahí). ¿Cómo detener este horrible rastro de sangre? O se rompe el puente que conecta Washington y Riad, o Europa debe distanciarse de estos dos países reconstruyendo relaciones sólidas con aquellas naciones de Oriente Medio, predominantemente musulmanas, que desde hace décadas combaten contra el terrorismo.

La respuesta no debe ser solamente geopolítica, sino también socio-cultural, en particular para Francia. El yihadismo ha arraigado sobre este territorio hexagonal desde hace años. Hay muchos ciudadanos franceses que han elegido enrolarse en las filas del Daesh para luchar contra el gobierno sirio de Bashar Al Assad, muchos de los cuales han regresado a casa después de meses de entrenamiento para golpear. No por casualidad es el país que produce más yihadistas en Europa (más de 1.500 jóvenes estarían vinculados a las redes islamistas radicales de acuerdo con cifras oficiales). El Eliseo, al igual que todos los demás gobiernos occidentales, tiene el deber de volver a comprobar las fronteras, así como retomar las riendas de las banlieue, auténticas y verdaderas fábricas de terror (ver Saint Denis o Möllenbeck).

Y justo en estos suburbios de las ciudades europeas, Arabia Saudita ha encontrado un terreno fértil para la wahabización de la comunidad musulmana y la re-islamización de los jóvenes racaille, inmigrantes de segunda y tercera generación que no han conseguido integrarse en la sociedad. Existe en efecto un vínculo entre la miseria social y la radicalización, incluida la delincuencia y la Yihad. Es el precio a pagar cuando se firman acuerdos comerciales con las monarquías del Golfo: el negocio implica el adoctrinamiento religioso de las conciencias. Pero todo esto ocurre con el consentimiento de aquel lacrimoso Occidente que llora a sus muertos después de haberlos expuesto al patíbulo.

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