Sólo el Cristianismo militante puede evitar la desaparición de Europa

03.09.2019

El tiempo actual exige con urgencia, pero sin improvisación o frivolidad, la puesta en marcha de un entendimiento entre las naciones que han sido conformadas por lo que se viene llamando civilización occidental. Los enfrentamientos bélicos y los recelos recíprocos de las naciones de Europa han mermado considerablemente su prestigio y su influencia universal. El reencuentro de estas naciones con sus raíces comunes es imprescindible, y esas raíces se hallan esencialmente en la Cristiandad.
Desgraciadamente, la Unión Europea las ha despreciado y la crisis profunda es evidente. La etapa inicial de la unión de Europa debió partir tanto de una conciencia europea de los europeos, como de una Europa de las Patrias hermanas. La Europa de los mercaderes y del euro, y los gobiernos al servicio de la Eurocracia no han fomentado aquella conciencia y ha provocado la hostilidad manifiesta entre las naciones, como demuestra la agitación social que rompe, por añadidura, la convivencia pacífica en cada una de ellas.
Los responsables de esta Unión Europea no debían conocer que los enemigos de Europa, los que no quieren que Europa se recobre y fortalezca, se sabían aquello de “divide y vencerás”. La esperanza está en la Iglesia Católica, que ha sido el instrumento eficacísimo de esa civilización occidental. Ahora bien, en la lucha, desde la expulsión del Paraíso hasta la Parusía, es permanente, y el Padre de la mentira, que es el Príncipe de este mundo, no solo ha atacado a la Iglesia sino que ha entrado en ella, (según palabras de Pablo VI), el humo de Satanás. Con la astucia y habilidad, propia de su naturaleza, ha entrado rompiendo las ventanas, a la vez que alguien desde dentro le abría las puertas.
En un Concilio pastoral, que no dogmático, junto a textos que recogen el dogma, y que se leen con fruición, hay otros que no están de acuerdo, o difícilmente pueden estarlo, con la doctrina tradicional de la Iglesia. El “aggiornamento”, o puesta al día, para estar en consonancia con los tiempos, ha evitado todo anatema, ha dividido a los católicos, ha hecho posible que, dentro de la propia Iglesia se hiera, y en ocasiones gravemente, el dogma, la disciplina de los sacramentos, la liturgia, y la enseñanza en los seminarios, noviciados y universidades católicas.
Hay tres problemas, a saber: el de la libertad religiosa, tal y como se describe en “Dignitatis Humnae”, el del ecumenismo, como unión de las Iglesias y no como unión de los cristianos en la “Sponsa Christi” (y Cristo no fue polígamo). Y el de la aceptación de la democracia “sui géneris”de las Conferencias episcopales. Son problemas que, sin duda, el actual pontífice no tiene la voluntad de superar y resolver.
Está claro que una de las cosas que ha de ser sometida a revisión es la pastoral política de la Iglesia. A la que apela al Concilio Vaticano II, es la del liberalismo que impregna a la Democracia Cristiana y que, lógicamente, dio nacimiento a los Cristianos por el Socialismo, y a la colaboración de una parte de la Iglesia, tanto dicente y docente, con los comunistas. El consenso histórico en Italia de democristianos y comunistas hizo posible que de mutuo acuerdo se aceptase e impusiera por ley, luego aprobada en referéndum, el aborto como derecho, y con él la cultura de la muerte. El apoyo eclesial implícito, a lo menos, a la Democracia Cristiana fue sin duda, fruto de una mala, por no decir pésima, pastoral política.
Esta exposición es un antecedente necesario para afirmar que el hombre europeo para salir de su letargo, precisa de una Iglesia, peregrina, desde luego, pero también militante en el tiempo. Como militante se la llamaba, como se sigue llamando purgante y triunfante.
Esta revisión incluye que, para despertar de su letargo, el hombre europeo, y especialmente el católico, sepa –y para ello se le enseñe- que siendo peregrino, es militante; y militante es el soldado de Cristo, que para eso recibe el sacramente del la Confirmación. El magisterio eclesiástico debe, a mi juicio, insistir en esta definición que Jesucristo hace de Sí mismo: “Yo soy la Verdad”, (Jn. 14,6) de toda la Verdad, y, por tanto, de la verdad moral, de la científica, de la histórica y de la política; y Cristo se define así dirigiéndose, no solo al hombre aislado, sino al hombre como ser social, y, por consiguiente, a la sociedad en la que el hombre vive.
Esa verdad política se halla en los valores innegociables, que son a modo de roca viva sobre la que se apoya el edificio, es decir el Sistema. Dichos valores son básicos, inamovibles. Si el edificio se construye sobre la arena de las opiniones, el primer temblor de tierra, o un viento huracanado, derribará el edificio, convirtiéndolo en un montón de escombros.
El caso de España da testimonio de las consecuencias del rechazo de tales valores, es decir, de la Verdad política. La Constitución ha configurado un Sistema que se halla en franca descomposición, abatido por la crisis moral, y económica, por el creciente desprestigio de las instituciones, por la agitación social y por la política exterior.
El despertar del letargo al hombre europeo exige que el patriotismo deportivo se eleve de patriotismo emocional a patriotismo intelectual, y de patriotismo intelectual a virtud cristiana. Así nos lo dice Santo Tomás de Aquino, y así lo explica León XIII en su Encíclica “Sapientiae Christianae”, de 10 de enero de 1890: “Por ley natural se nos manda amar y defender la Patria, hasta el punto de que el buen ciudadano no dude en afrontar la muerte en defensa de su patria. El amor sobrenatural a la Iglesia y el afecto natural a la Patria, son dos amores gemelos que nacen del mismo principio sempiterno, ya que Dios es autor y causa de ambos”.
El patriotismo está en la naturaleza social de todos los hombres (y lleva consigo) fidelidad a la Tradición y a los carismas peculiares que por don de Dios han configurado históricamente la identidad nacional.