La Constitución de 1978: De aquellos polvos, estos lodos

04.03.2020

Nació contaminada por los inicuos intereses de oligarquías vascas y catalanas, principalmente, que el pueblo votó abducido por una colosal campaña propagandística a favor del sí .
En referéndum celebrado el 6 de diciembre de 1978, el pueblo español dijo sí al texto que hoy constituye nuestra Carta Magna, que entró en vigor el 29 de ese mismo mes. Siete fueron los "padres" de la criatura:
Gabriel Cisneros Laborda, Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón, José Pedro Pérez-Llorca Rodrigo, UCD; Gregorio Peces-Barba Martínez, PSOE; Jordi Solé Tura, PCE; Manuel Fraga Iribarne, AP; y Miquel Roca i Junyent, por Minoría Catalana, el conglomerado de CDC, UDC, PSC-R, EDC y ERC. Todos a una, todos a la voz de sus amos,  suscribieron un texto al gusto de los intereses de "¡las regiones históricas de España!": Cataluña —hoy Catalunya para la progresía y la izquierda —, y las Provincias Vascongadas —hoy Euzkadi, para la misma progresía y la misma izquierda—. De ahí que empezándose bien en su artículo 2: «La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles…»; se terminase embarrando el fundamental contenido: «…y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas». La Cataluña aragonesa y española resulta ser una nacionalidad, así como la Vascongada castellana y española igualmente lo es.  Nacionalidades, un artificio al servicio de intereses ajenos a los españoles, tan sólo favorables a oligarquías locales, sin escrúpulos y sin otro interés enfermizo que el establecimiento de pequeñas repúblicas fácilmente manejables, micro estados taifales, fincas a explotar —como lo ha hecho durante cuarenta años la familia Pujol y sus secuaces—, cuya población extremadamente adoctrinada ya se encargaría de aplastar a la que enarbolara la Enseña rojigualda, a sangre y fuego, si fuese menester. Ya lo estamos viendo. Los independentistas catalanes, autores de un golpe de Estado, campan a sus anchas, pseudo condenados por un Tribunal que parecía ser gayo y resultó ser gallina; los hijos de ETA mandan en las instituciones vascas, sembrando un terror a veces silencioso, otras no tanto; los separatistas gallegos, levantinos y baleares se suman y jalean todo movimiento que pretenda romper la unidad nacional, dos mil años de hecho y quinientos de derecho de la historia Hispana.
La traición estaba bien urdida. Desmantelar España no era más que cuestión de tiempo. Así que paso a paso se haría el camino. Otro paso fundamental era el acabar con la Historia que pudiese anteponerse a la consecución del infame proyecto. Así que, aunque la portada de la Constitución publicada se encabezaba con el escudo oficial de España, el heredado de los Reyes Católicos, artífices fundamentales de la Nación española, con el águila de San Juan, el yugo de Isabel (recordemos que entonces se escribía Ysabel) y las flechas de Fernando, se le declaró proscrito, preconstitucional, con el cinismo propio de aquellos amorales que tejían la traición que nos ha llevado a esta España a la deriva.
Hoy, favorecido por la cobardía de Rajoy, Pedro Sánchez, el político más amoral de occidente —falsario enfermo de ambición y codicia hasta extremos inimaginables—, al frente de un PSOE que se deja arrastrar por los estercoleros más nauseabundos de la política, ha formado gobierno con los comunistas, nuevos ricos, de Pablo Iglesias —aliados de tiranos narcotraficantes bolivarianos—, con la colaboración necesaria de separatistas catalanes delincuentes y con proetarras y asesinos tales como Otegi, enemigos todos de nuestra Patria, declarados empecinados en romper la Nación española. Esta partitocracia que padecemos, esta falsa democracia que nos venden cada día, nos está llevando al borde de un peligrosísimo precipicio.