La Agenda 2030 o el plan de Sánchez para no dejar el poder

12.02.2020
Sánchez dejó caer que tenía un proyecto «hasta 2030» para darle la vuelta a España. Comienza a perfilarse la verdadera existencia del plan. Resumirlo es sencillo, aunque resulta totalmente incomprensible e impropio ese desplante de las no respuestas.
Se trata de aflojar hasta el extremo las costuras del país para forjar una alianza de socialistas y separatistas, que permita a la izquierda perpetuarse en el poder, aprovechando ese mando para inocular un nuevo credo social progresista, donde todo lo situado a la derecha del PSOE quede estigmatizado como regresivo e inadmisible.
La primera parte, someter a los medios de comunicación. Lo primero que requiere un plan así es dominar los medios, fase ya culminada casi al completo. Todavía pervive el pluralismo en la prensa, que además conserva gran influencia con su éxito digital. Pero merced a cobardía y la traición del tándem Santamaría-Rajoy, la izquierda ostenta el cuasi monopolio del medio decisivo para formatear la opinión pública: la televisión. Significativamente, la primera medida de Sánchez fue asaltar la cadena pública (y el instituto nacional de encuestas). Si Pérez Galdós existiera hoy, escribiría un nuevo capitulo de «Los episodios nacionales».
 
 
Y ahora, la revolución 2030 topa todavía con tres obstáculos correosos: la oposición, en realidad empatada en votos con el bloque de izquierda; los jueces, que como no podía ser de otro modo garantizan que se observe la legalidad; y el Jefe del Estado, que se atiene a su ineludible deber de defender el orden constitucional, empezando por la unidad de España y la soberanía del pueblo español, pilares sobre los que se asienta todo lo demás. La primera tarea de la autodenominada «coalición progresista» es erosionar esos diques, hasta un punto en el que la opinión pública empiece a considerar plausible la posibilidad de derribarlos.
Se trata de etiquetar y estigmatizar a la oposición: Sin explicitar el plan, la piqueta ya está trabajando. La oposición constitucionalista es vilipendiada y tachada de antisistema, mientras se lisonjea a los separatistas. La número 2 del PSOE, la muy básica y trepa Adriana Lastra, llegó a acusar en sede parlamentaria «a las derechas» de tramar «un golpe de Estado». El presidente carga contra PP y Cs, a los que caricaturiza como antidemócratas. Vox directamente es tachado de fascista.
Seguidamente, perseguir a los jueces al no adeptos sanchismo y/o al separatismo: El segundo frente son los jueces. La enfática promesa del PSOE y Podemos de «desjudicializar» la política alberga en su entraña una pulsión totalitaria, pues lo que se está diciendo es que según los casos –¿al arbitrio de la «coalición progresista»?–, el Código Penal quedaría en suspenso (ya está pasando con la inhabilitación de Torra). Cuando el vicepresidente Iglesias, el ministro Garzón y Echenique pregonan que «este país tiene un problema con la derecha judicial», lo que están propugnando es que todos los jueces habrán de ser progresistas, o no serlo. Justicia de partido. Más totalitarismo.
No se olvidan de las fuerzas armadas. Diluir el ejercito, ya lo dijo Sanchez en 2014, la tarea de diseñar la configuración del futuro Gobierno del PSOE es la fusión de ministerios, medida que afectaría al ministerio de Defensa, que quedaría integrado en un macro departamento de “Seguridad”. En ese rediseño, el mantenimiento del Ministerio de Defensa como tal no es una prioridad para Pedro Sánchez.
Más bien, es la última de sus preocupaciones. Estaría dispuesto a ofrecerlo como moneda de cambio para un hipotético pacto con otra formación política, como por ejemplo Podemos, que se han mostrado interesados por hacerse con esa cartera.
Defensa desaparecerá como tal, pese a que aún no hay nada cerrado ni decidido definitivamente, la propuesta de fusionarlo con el Ministerio del Interior está sobre la mesa. El plan pasaría por unificar dos ministerios, Defensa e Interior, para crear un superministerio de “Seguridad”. En el índice que articula la Agenda 2030 socialista, ni siquiera figura un epígrafe dedicado a temas militares, sino que está incluido en un área más amplia denominada “Seguridad y libertades”.
Y finalmente, la empresa más difícil, la de intentar poner en jaque al Rey: El último obstáculo es Felipe VI. Misión ardua por su prestigio popular. Pero comienza el cerco. Ministros del nuevo Gobierno lo señalan como «un Rey de derechas» –¡porque defiende la Constitución y la unidad de España!– y Sánchez lo trata con cultivado desdén. El éxito del plan dependerá… de la lucidez de los españoles.
Los mismos ministros que hace unos dias prometían fidelidad al Rey, no hace mucho tiempo soltaban publicas arengas como: «Felipe no serás Rey. Que vienen nuestros recortes, y serán con guillotina», «Si en España se dieran las mismas condiciones que en la Rusia de 1917, indudablemente iría mañana al Palacio de la Zarzuela y haría lo mismo que Lenin le hizo al Zar Nicolás II», textual del diputado de Unidas Podemos, Enrique Santiago, podría seguir, pues el historial es inmenso «Y NO PASA NADA». Los comunistas hoy dicen, NO, mañana, dicen SI y pasado por dinero se bajan los pantalones, a la actualidad me remito.