Donald Trump y el patriotismo inglés

22.11.2016

La elección hace un par de semanas de Donald Trump, tomó a casi todo el mundo por sorpresa. Para algunos de nosotros, fue un momento de alegría, para otros fue una terrible conmoción. Yo estaba en la primera categoría. El gobierno británico estaba en la segunda categoría. Desde Theresa May hacia abajo, los ministros habían pasado un año despreciando a Trump. La escala y naturaleza de sus insultos no será rápidamente olvidada. Su primer castigo parece ser que les han dicho que para aproximarse a Trump, sólo sea a través de Nigel Farage. No tengo dudas de que habrá otras humillaciones.

Una parte de mí está contenta. Me gusta Donald Trump. Me gusta Nigel Farage. Incluso si ella es mejor que David Cameron, sigo sospechando y siendo hostil hacia May. Permitan que ella y sus ministros coman tierra durante algunas semanas, y entonces lleguemos a un punto de vista más razonable de los intereses británicos. Todo esto, sin embargo, deja incomoda a otra parte de mí. Este artículo, os debo advertir, será más ensimismado de lo habitual. Por otro lado, siempre he intentado ser intelectualmente honesto, y me siento obligado, al menos, a describir mi dificultad actual.

Durante los últimos 20 años o así, hasta el martes 8, mantenía un conjunto de opiniones que –siempre admito- pueden haber sido equivocadas, pero que eran internamente coherentes. Fueron algo como esto:

Los intereses fundamentales de todos los países son los mismos. Aquellos están para dar tanta libertad y seguridad a sus ciudadanos como las circunstancias locales lo permitan, mientras que viven en paz con todos los demás países. Lo que enturbia este punto de vista del mundo es que el interés y la habilidad no siempre coinciden. Los Estados Unidos han sido capaces de dominar el mundo, y así lo tiene. Reino Unido ya no es capaz de hacer esto, pero ha sido capaz de actuar por encima de su poder inherente mediante la conversión en un satélite de los Estados Unidos. Encontré a estos dos hechos irritantes antes de 1989. Después de entonces, EEUU se convirtió en el hogar de la corrección política y el neoconservadurismo. Para mí, por tanto, EEUU se convirtió en el gran satán. Cualquier gobierno británico comprometido con nuestros intereses fundamentales debería empezar por romper relaciones con los Estados Unidos. Mientras tanto, incluso estaba dispuesto a comprender la membresía en la Unión Europea como un contrapeso útil al poder americano.

No se cómo será realmente una presidencia Trump. Pero es posible que las opiniones que yo había compendiado, de repente sean obsoletas. Es posible que, en unas pocas semanas, EEUU deje de ser el gran satán, y se convierta en el asiento del dios-emperador-papá. Ya me encuentro en la misma posición que los izquierdistas hacia Francia en 1789, o hacia Rusia en 1917. Puede ser, entonces, que puedan eliminar toda la retórica de la élite del poder, y yo sea revelado como nada más que un disidente anglosferista. Mi única diferencia con la gente que he estado denunciando durante una generación no es nada más que el querer un imperio estadounidense diferente.

Hay algo de verdad en esto. El gobierno de mi propio país está ahora en la cabeza del interés neoconservador. Sin duda me aliviaré si salen órdenes rígidas desde Washington, y Theresa May y Boris Johnson se van escabulléndose a Moscú para remendar sus diferencias con Putin. Pero si los hechos cambian, mis principios no cambiarán.

No se presionó ningún botón de reinicio durante las semanas pasadas en Estados Unidos. El país no revertirá aquello en lo que se supone que se convirtió en la década de 1780’s. EEUU seguirá siendo el país más poderoso del mundo, con intereses en todos los continentes. Puede concebir y perseguir aquellos de un modo más racional. Pero es improbable que sus intereses se alineen perfectamente con aquellos de mi propio país. Por esta razón, nuestro interés depende, en el largo plazo, de las relaciones estrechas con Francia y Alemania, y una relación adecuada con Rusia. Podemos añadir a esto, las relaciones amistosas con EEUU, que será una ventaja.

Ahora giro hacia el asunto en relación a lo que Trump ya le está haciendo a  May. Durante largo tiempo, el ‘establishment’ británico ha sido una franquicia completamente propiedad del complejo militar-industrial de EEUU, tomado en su sentido más amplio. Los gobiernos británicos son neoconservadores porque eso es lo que Washington quería. Son políticamente correctos por la misma razón. Si la presión estadounidense no es eliminada, sino simplemente cambiada en una mejor dirección, estaré agradecido por aquello. Estaré agradecido en el corto plazo. En el largo plazo, todavía quiero la plena independencia.  La ambición final sigue siendo la de no tener amo en absoluto.

Ahora paso a cómo veo la “anglosfera”. No hay dudas de que Inglaterra y EEUU están más bien en la posición de gemelos siameses. Compartimos lenguaje. Compartimos cultura. Hablando por mí mismo, tengo tantos amigos estadounidenses como ingleses. Cuando voy al extranjero, y estoy entre estadounidenses, siempre nos encontramos como parte de un grupo único, casi olvidando las diferencias de pasaporte, y compartiendo chistes sobre los extranjeros entre los que estamos. Siempre teniendo en cuenta nuestro peso diferente, lo que fue hecho al mundo tras 1989 fue una empresa conjunta anglo-americana. La resistencia intelectual a esto ha sido nada menos que una empresa conjunta anglo-americana, tomando en cuenta nuestro diferente peso. Libertarios y conservadores en nuestros dos países no han estado trabajando juntos simplemente durante las pasadas décadas, hemos pertenecido al mismo movimiento, y hemos trabajado contra el mismo enemigo, aunque en dos diferentes ubicaciones. Mis amigos estadounidenses se regocijaron cuando al ‘establishment’ británico se le ensangrentó la nariz el pasado junio. Ahora nos regocijamos que Trump vaya a ser el siguiente presidente. Nuestra lucha ha sido, y es, la misma. Nuestras victorias son sus victorias. Sus victorias son las nuestras. 

No estoy seguro si he sido tan claro como quería ser. Quizá necesito pensar más sobre los acontecimientos de este año antes de que pueda volverme tan seguro de mí mismo de nuevo, como lo he estado durante el pasado tercio de siglo. Sin embargo, queda que estoy contento de que la incertidumbre que describo se haya vuelto necesaria. Todos aquellos izquierdistas americanos de las pasadas semanas, sus caras como globos estallados, fueron un regalo de navidad anticipado. Las caras tensas de Theresa May y sus ministros son de exactamente el mismo tipo.

Espero al primer viaje de May a Washington el año próximo, y tendré una buena risa cuando ella se postre de la manera apropiada ante el Dios-Emperador-Papá. Será una victoria para mí y todos los demás en el mundo que quieren lo mejor para Inglaterra y América en particular, y para una humanidad sufriente en general.