Alianzas y Aliados

18.01.2017

España desde el 1700

La Guerra de Sucesión (1700 – 1713) supuso el final de la política internacional propia e independiente de España. La firma del Tratado de Utrech trajo el advenimiento de la dinastía de los borbones (Felipe V), y con ella la corona española quedó ligada y supeditada a la francesa (Luis XIV) con los Pactos de Familia.

España se metió en una serie de conflictos a causa los citados pactos, y siempre pagó los platos rotos, porque delegó las negociaciones internacionales en el Rey de Francia, que ejerció de cabeza de familia. Las cesiones que tuvieron que hacer los reyes franceses, como consecuencia de los diferentes conflictos en los que intervinieron ambos reinos, de forma astuta y taimada siempre fueron a costa de su aliada y subalterna España. La intromisión de Napoleón en la política interna española, no fue más que una continuidad de esa tradición borbónica. Solamente el olvidado rey Fernando VI (1746 - 1759) impulsó una política de neutralidad y paz exterior.

La Guerra de la Independencia contra Napoleón una verdadera catástrofe, porque España quedó arruinada política y económicamente, gracias al paso de los depredadores ejércitos galos y británicos. La consecuencia más inmediata fue la pérdida de los virreinatos de América, que no colonias, que desde entonces no han vuelto a gozar de la unidad política, seguridad y florecimiento económico, sino en un círculo vicioso de guerras interterritoriales, división política (divide y vencerás), empobrecimiento económico y cultural, y enormes pérdidas territorial a manos de la expansión imperialista yanqui, y de otros carroñeros oportunistas como Gran Bretaña, Francia y Holanda.

Durante el resto del siglo XIX, seguimos yendo de la mano de Francia y, para sus exclusivos intereses, participamos como comparsas de los franceses en las campañas de Italia (1849 – 1850), Conchinchina (1858 – 1862) y Méjico (1862), de las que no sacamos ningún beneficio y sí muy elevados gastos. La inercia de esta política llegó hasta principios del siglo XX, cuando la nación gala tuvo que ceder territorios a Alemania, para que ésta le dejara las manos libres en Marruecos, a cambio de cederle tierras para colonizar, en el Centro de África, pero Francia compensó parcialmente ésta pérdida de territorios aumentándolos en su Protectorado marroquí, a costa de España.

Esta tendencia se rompió cuando España se mantuvo neutral en las dos guerras mundiales que asolaron Europa, y de cuya política internacional autónoma solo recibió beneficios. Independientemente de algunas peregrinas teorías de historia ficción.

El mundo bipolar y la OTAN

El fin de la Segunda Guerra Mundial trajo un mundo bipolar, que enfrentó a comunistas y anticomunistas. El terror europeo al comunismo impulsó la creación de la OTAN, por la que de hecho Europa se convirtió en un protectorado de Usa, en el que delegó su defensa, pilar esencial de toda soberanía. España después de derrotar al comunismo en la Guerra Civil (1936 – 1939) y quedar fuera del Telón de Acero, se alineó con las naciones anticomunistas, pero manteniendo un grado elevado de autonomía en la política internacional, como lo demostró en diversas ocasiones.

El ingreso tardío de España en la OTAN, de forma precipitada y sin contraprestaciones, fue anulando de forma progresiva la política internacional de España, y puso los intereses internacionales españoles en manos espurias, como ocurrió en los siglos XVIII y XIX. Así es inconcebible que seamos aliados de Gran Bretaña, que tiene usurpada la colonia del Peñón de Gibraltar, que incumple de forma reiterada el Tratado de Utrech, y niega su devolución, a pesar de las reiteradas resoluciones de la ONU. Y no conformes con tener esa base extranjera, en un lugar tan estratégico y sensible, como es el Estrecho de Gibraltar, sino que de forma gratuita hemos cedido la base de Rota a Usa ¿a perpetuidad? ¿La nueva Guantánamo? Sin embargo, Ceuta y Melilla han quedado, incompresiblemente, fuera del paraguas otánico.

Algunos estrategas opinan que fuera de la OTAN hace mucho frío, pero deben olvidar que la historia de España es muy larga, y ha vivido circunstancias mejores y peores sin necesidad de estar subordinada a ninguna institución supranacional. La OTAN sí que ha servido para que proporcionar una falsa sensación de seguridad, bajo su paraguas, y con este pretexto relajar intencionadamente la conciencia de defensa nacional y desarmar la industria de defensa y a las fuerzas armadas. Muchas naciones viven fuera de la OTAN y no se han helado, y España existe mucho antes que esta alianza y esperamos que la sobreviva.

La política de defensa nacional

Es significativo que la política de defensa nacional no haya tenido debate, ni confrontación política, ni en el parlamento ni fuera de él. Los partidos que han gobernado España han seguido la misma política de anulación, cada vez más descarada, de sus ejércitos. Es un tópico que hay que potenciar la política de defensa y cultura de defensa nacional, pero no las hay sencillamente porque el poder político tiene la firme voluntad de que no la haya, lo demás son buenas palabras y ninguna acción positiva.

Los conceptos de Patria y de Nación, se han estirado y diluido intencionadamente con las cesiones de soberanía “por toneladas” a los nacionalismos centrífugos y organismos supranacionales, que obedecen a intereses foráneos. Para ello había que destruir el patriotismo de los españoles, cuyo primer pilar es la defensa militar, que su principal exponente son los ejércitos, y se ha hecho de forma progresiva y metódica.

El que fuera ministro de Defensa, Narciso Serra, ha explicitado por escrito las razones y finalidades de las reformas militares de las Fuerzas Armadas españolas. El control total de los ejércitos ante el temor de una presunta amenaza desde los ejércitos, los cuales garantizan las esencias naciones, para transformarlos en un dócil instrumento gubernamental. Esta intención, aparentemente inocente y bienintencionada, es sencillamente anticonstitucional porque la Constitución (art. 8) encomienda explícitamente la misión de “garantizar” la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional, bajo el mando supremo del S.M el Rey (art. 62.h) que, a la vista de estos conceptos y de su posterior actuación, la clase política no debe considerar garantía suficiente la figura del Rey, que ha quedado como una mera imagen decorativa. Luego lo que ha declarado un alto cargo militar que las “Fuerzas Armadas no son garantía de nada”, y solo son una “herramienta que tiene el gobierno”, no puede referirse, salvo lapsus, al mandato constitucional,  por lo que quizás quiso decir que no pueden garantizar nada, ¿ni su propia seguridad?, por falta de recursos para tener las capacidades mínimas.

Suponemos que seguirá siendo válida la sentencia del insigne tratadista militar Villamartín (1833 – 1872): “¡Desgraciado país aquel que hace odiosa la carrera de las Armas, aquel que alquila los ejércitos en los días de peligro. Aquel que los degrada nutriendo sus filas de hombres sin virtudes ni patriotismo. Aquel que con su menosprecio mata el honor militar y ahoga las nobles ambiciones!”. Porque es seguro que nadie nos defenderá sino lo hacemos nosotros, y nadie nos ayudará sino lo hacemos nosotros primero.

El asunto no tendría la mayor importancia si no fuera que con esta excusa se ha triturado al Ejército, y que la deriva independentistas de los nacionalismos han puesto en inminente peligro las misiones de las fuerzas armadas consagradas en el artículo 8º de la Constitución. La anulación de los ejércitos se ha conseguido y ha tenido los efectos siguientes:

  • La desamortización del patrimonio de Defensa, que ha dejado en mantillas a la desamortización de Mendizábal, seguido de una reducción draconiana de presupuestos, hasta conseguir unos ejércitos irrelevantes. Cuando se están gastando ingentes cantidades de dinero para desarticular España, en un sistema de feudos territoriales insolidarios, de carácter medieval, inviables económicamente y que multiplican los focos de corrupción. ¿Dónde estarán los Juicios de Residencia?
     
  • La intromisión política en todos los asuntos militares, con el ninguneo sistemático de los mismos, ante la sociedad (la muerte civil). La pérdida total de la tradicional autonomía militar, hasta en los asuntos más nimios y consustanciales, como la disciplina, la formación, el culto a sus héroes y caídos, etc.
     
  • El empeño de convertir en funcionarios a los militares, cuando ningún funcionario lleva implícita en su profesión dar la vida por España, pero que ya están floreciendo sus efectos perversos con oficiales que se limitan con hacer lo preciso de su deber, incluso en campaña ¿Dónde estará el espíritu de la General?
     
  • La supresión de facto del deber de los españoles de defender a España, con la “suspensión” ad aeternum, del servicio militar obligatorio y del correspondiente compromiso mediante la jura o la promesa de la Bandera.
     
  • La destrucción de la industria de defensa nacional.

España, la OTAN y Marruecos

Recordemos que durante la ocupación de Marruecos de la Isla de Perejil (2002) la respuesta de la OTAN, si la hubo, fue muy tibia y el resultado (a pesar de la propaganda gubernamental) fue negativa para España porque cedió, al firmar un acuerdo con el país magrebí por el que se comprometía a no pisar ni enarbolar la Bandera de España en un territorio de su soberanía, reconocido internacionalmente.

Otros estudiosos geopolíticos opinan que España no tiene amenazas bélicas, sin valorar las pertinaces y contumaces reclamaciones territoriales de Marruecos sobre territorios españoles, asentados en el Estrecho, islas Canarias e incluso en la Península Ibérica, para lo que se debe recordar la fotografía del que fuera presidente del Gobierno, Zapatero, sonriente ante una fotografía del Gran Magreb, que alcanzaba hasta Toledo. Marruecos ha demostrado varias veces que su hostilidad hacia España va más allá de la retórica, como en Ifni (1957), Sahara (1975), y actualmente con unos tipos de agresiones más blandas, pero no menos eficaces, como la presión migratoria, supuestamente controlada, y la permisividad en el cultivo, tratamiento y comercialización de la grifa en su territorio, y además su potencia militar es manifiestamente creciente y la española manifiestamente decreciente. Por otro lado, hacen bien en no considerar el Peñón de Gibraltar una amenaza, porque simplemente es una agresión ya consumada y sostenida, y como diría el castizo “con amigos como estos no necesito enemigos”.

La amenaza del Califato Mundial para recuperar el Ándalus, la España Musulmana, es decir, prácticamente hasta los Pirineos, no creo que nadie sensato se la pueda tomar a broma, o que sea muy lejana, porque está muy cerca de nuestras fronteras, amenaza directamente nuestros intereses, y ya hemos sufrido en nuestras carnes los efectos de sus “quintas columnas”.

Sin embargo los documentos operativos militares han descartado, dentro del máximo buenismo edulcorado, el vocablo y concepto de enemigo, sustituido por el de contrario y adversario. Como si de una partida de “pádel” se tratara. Las respuestas a estas amenazas solo tenemos los muy hipotéticos paraguas de la OTAN y de la UE, porque el Ejército español no tiene capacidades de combate y actúan como fuerzas auxiliares. Su principal cometido es mantenerse en actitud defensiva en bases lejanas y patrullar, de forma conservadora, territorios extraños, bajo apoyos de fuego y de combate foráneos.

La neutralidad que se preconiza no supone aislacionismo, sino todo lo contrario es saber buscar un equilibrio de alianzas y de aliados, que eviten la dependencia absoluta de un poder y proporcionen beneficios mutuos. Tratar de sustituir la confrontación entre las naciones por la concordia. El ciudadano debe ser muy consciente que el simple hecho de que al abrir un grifo le salga, al instante agua caliente, es necesario tener acceso a una energía barata, y que es vital garantizar las fuentes de energía y su transporte para sostener el estado de bienestar.

Las relaciones ruso-españolas

Rusia y España, a lo largo de la historia, han sido naciones amigas y aliadas, porque el paréntesis entre 1939 y la caída del Muro de Berlín en 1989,  es solo una anécdota desde la perspectiva histórica. Contando, por supuesto para los amantes de la historia, las declaraciones de guerra entre ambos reinos, causada por la alianza entre España y Francia en el año 1791, pero que no tuvo ningún efecto práctico, ni se rompieron las hostilidades. Ejemplo de lo anterior fue las guerras contra Napoleón, que las dos naciones, cada una desde un extremo del continente, tanto contribuyeron a la salvación de Europa. Ambas naciones no tienen intereses contrapuestos, ni puntos de fricción, lo que favorecen sus relaciones amistosas y de colaboración, y que recuerde España y Rusia nunca han estado en guerra en la práctica, ni nos ha usurpado ningún territorio, cosa que no se puede decir igual de nuestros vecinos o actuales aliados. Es incomprensible que nuestras relaciones con Rusia estén mediatizadas por las políticas internacionales de Usa y de la UE, como si hubiéramos regresado a los Pactos de Familia y al mundo bipolar, cuando es evidente que, y cada vez más, estamos en uno multipolar. Es esperpéntico afirmar con contundencia que “no reconoceré nunca la anexión de Crimea por parte de Rusia” (la paja en ojo ajeno) y, al mismo tiempo, eludir cualquier alusión a la soberanía española sobre el Peñón, en las negociaciones con las autoridades británicas y aliadas (la viga en ojo propio).

Esta política internacional de España que se elabora en alejados despachos, con intereses espurios y poco claros, perjudica seriamente a nuestros intereses económicos y geopolíticos, como son las restricciones al comercio bilateral, o la imposición de que los buques de la flota rusa no atraquen en Ceuta y Melilla, y mientras tanto los submarinos nucleares de la usurpadora Gran Bretaña, incluso los peligrosamente averiados, lo hacen libremente en el Peñón, que recordemos es además un paraíso fiscal parasitario del Campo de Gibraltar y un centro de interceptación de las comunicaciones, incluidas las nuestras.

Más vale honra sin barcos, que barcos sin honra.
(Almirante Méndez Núñez).