La culpa del estado-nación

08.09.2016

Parece que en este Año de Nuestro Señor de 2016 el conflicto de la Nueva Rusia se ha congelado. Ya no importa demasiado para los medios, para unos medios que se apresuraron a montar un circo en el que personajes tan expertos en provocar guerras –y por ende, tan siniestros- como John McCain, John Kerry, Hillary Clinton o Bernard Henry-Lévy fueron máximos protagonistas. Un tema del que casi nadie sabía y, de la noche a la mañana, surgieron expertos por doquier en las interminablemente histéricas tertulias televisivas. Por supuesto, el pseudoanálisis estaba fácil: La culpa de todo la tenía Rusia, que había invadido una pacífica y modélica nación ucraniana que quería formar parte de la gran civilización que ofrecen la Unión Europea y la OTAN a toda costa. Putin es una amenaza para la libertad, la democracia y el progreso. Sin embargo, la historia de este asunto es mucho más compleja. En puridad, lo que hizo Putin fue ofrecerle al estado ucraniano pagar la deuda así como la entrada en la Unión Aduanera Eurasiática, proyecto que está en marcha con Bielorrusia, Kazajstán y Armenia. La oposición de Kiev no dudó en considerar eso intolerable, porque había que entrar en el escudo antimisiles de la OTAN y en los despachos de Bruselas como fuera, y los actores antes señalados comenzaron -con técnicas similares a las aplicadas en las “primaveras árabes”- la desestabilización, con el consiguiente y adocenado circo mediático y los muchos daños colaterales en una guerra que nadie había pedido.

Con todo, si algo dejó ver todo esto es la extrema debilidad del estado ucraniano. Un estado artificial, programado en su día por la Unión Soviética, que se halla al occidente dividido entre eslavos orientales, polacos, rutenos y magiares, entre otros, y al oriente por eslavos orientales por no hablar de directamente rusos. Alexander Solzhenitsyn ya hablaba en los años 80 del siglo XX de que por culpa de las “fronteras redefinidas” que comenzó Lenin sobre las cenizas del Imperio Ruso, añadido a la brutalidad de las deportaciones que sobre todo tuvieron lugar en la época de Stalin, más de veinticinco millones de rusos se ven fuera de sus territorios naturales, y aun los que están dentro de su tierra, muchas veces se ven empujados a otros estados. Como los rusos de Crimea se vieron atrapados en el estado ucraniano, por ejemplo.

Lo de Nueva Rusia recuerda en parte a la problemática secular que existe entre Italia y Austria por territorios que, a decir verdad, nunca fueron de una u otra república. Fueron tierras del imperio. Como Ucrania fue la Pequeña Rusia (al igual que Bielorrusia era la Rusia Blanca) del imperio de los zares hasta principios del siglo XX. Decir que esas tierras deben pertenecer a uno u otro estado-nación es, como mínimo, aventurado. Porque pertenecieron a monarquías/imperios, que es una realidad política diferente. La provincia de Hispania perteneció al imperio romano, así como el virreinato del Perú estaba integrado en la Corona de Castilla, dentro de la Monarquía Hispánica; pero eso no quiere decir que “España pertenezca a Italia” o que “Perú pertenezca a España”.

Y llegamos al punto clave: Ante los bárbaros desafíos de la globalización, con una bancocracia mundialista sin Dios, sin patria, sin rey y sin ley que actúa cada vez más a placer, muchos todavía siguen apelando a la vuelta al estado-nación como si fuera el maná… ¿Pero no nos damos cuenta de que muchos problemas que se padecen hoy en día son precisamente consecuencia de este formato político originado por las revoluciones?

Ha pasado ya un siglo desde que comenzó la malhadada Primera Guerra Mundial (1), y da que pensar cómo tanto el Imperio Austrohúngaro y el Imperio Ruso constituían dos realidades continentales/supranacionales que no dejaban de agrupar a gentes de muy diversa adscripción, mas bajo un cetro común. Aunque en modo alguno ni rusos ni austrohúngaros pertenecían ya al Antiguo Régimen, por más que el liberalismo de pacotilla se muestre en mostrar superficialmente esta parte de la historia reciente, sí es cierto que conservaban algo de autoridad y sacralidad en un mundo que se deshacía en convulsiones sociales, económicas y políticas. Empero, el beato Carlos de Austria en el exilio y el zar Nicolás II con el martirio supondrían un tristísimo final cuyas consecuencias no se han dejado de pagar. Probablemente, ni los Romanovs ni los Habsburgos hubieran querido la guerra, pero la guerra vino y se extendió por el mundo, acabando con los dos grandes imperios territoriales europeos. Y de los imperios, surgieron multitud de estados-nación, apoyados especialmente por los anglosajones, por la política de la administración de Woodrow Wilson que hablaba de la “libre autodeterminación de los pueblos” mientras que ellos agrandaban sus colonias. Así, el imperialismo anglosajón, lejos de dividirse, aumentaba en sus dos vertientes: La insular británica y la norteamericana. Y hasta hoy.

¿Y apelaremos al estado-nación surgido de esta brutal decadencia?

El estado-nación nunca une, sino que siempre divide. Y es gracias a la atomización y alienación que el estado-nación provoca y alimenta que el sistema (comandado por los anglosionistas) hace y deshace como quiere.

El estado-nación engendra con su lógica al nacionalismo, siempre excluyente, siempre con pretextos de odio, siempre “novelando”/inventando una historia que, sin embargo, no le da nunca la razón, puesto que es tan compleja como la cruda realidad.

El estado-nación es un artificio que parece delinear mapas en laboratorios, siendo que muchas veces deja presos y desnortados a los pueblos, por más que hable en nombre de la libertad, de una libertad abstracta que no es más que un montón de papel mojado.

Ningún estado-nación va a quitarse de encima al euro, a la OTAN o a Silicon Valley y demás sistemas de espionaje y dominación de Estados Unidos, con el permiso del papado anglicano y la bolsa de Londres. Y tres siglos de yugo angloprotestante con barnices sionistas ya es mucha tela.

La resistencia que nos toca es mucha y complicada, tan global como la Revolución que, si bien arranca desde el siglo XVIII, ya en el siglo XX creyó que todo el monte era orégano, pues ya no tenía katejon, sino estados-nación a los que sojuzgar con mayor o menor facilidad.

Así las cosas, no es que un servidor se oponga al estado en sí. Lo que digo es que el modelo de estado-nación nacido de las revoluciones nunca ha traído nada realmente bueno, y que unos problemas no solucionan otros problemas. Y que desde luego, más nos valdría fijarnos en las entidades supranacionales basadas en la legitimidad, la tradición, la trascendencia y el orden. Desde Roma a su continuidad bizantina (de la cual se nutrieron los rusos) o a su continuidad romano-germánica (de la cual se nutrieron los austrohúngaros), y como conjunto, la Cristiandad; tenemos ejemplos de sobra para salir adelante sin caer en la nostalgia. Porque no es volver al pasado, sino tomar el camino de la tradición/transmisión, los valores eternos, la fe que mueve montañas y la ilusión del trabajo bien hecho como compromiso.

En nuestro hispano caso, más nos valdría repensar y reelaborar la experiencia de la Monarquía Hispánica (sin que eso signifique ir con peluca y empolvarse la nariz), a la sazón, Cristiandad menor y continuidad de Roma; que intentar “reforzar” unos estados-nación que, desde el liberalismo que asaltó las Cortes de Cádiz y en adelante, no nos han traído más que divisiones, incomprensiones y demás desgracias varias.

Se nos avecina una Nueva Edad Media. Esta cosmovisión que por desgracia nos domina tiene los días contados. Apretémonos los machos. Y luchemos. Pero estando a la altura de las circunstancias y fijándonos en nuestras mejores experiencias, y no agarrándonos precisamente a una de las raíces del problemón que nos acucia.

Para terminar, pensemos una cosa, ya que hablamos de anglosajones e imperios: ¿No nos hemos fijado que ni Estados Unidos ni Gran Bretaña son “estados-nación” como tal? A lo mejor ahí está la clave de su potencialidad, aunque no sea una potencialidad especialmente buena.

Pues eso.

Antonio Moreno Ruiz es historiador y escritor.

 

NOTAS:

(1) Véase: "Gran guerra, gran tragedia".