Ganó Trump, ¿y ahora qué?

22.11.2016

El proselitismo en EE.UU. no paralizó la política agresiva de este Estado hacia Latinoamérica. Se mantuvo la actividad influyente y desestabilizadora sobre esta región. Los ejemplos más significativos son los de Venezuela, Argentina y Brasil, que sufrieron grandes y descaradas embestidas. Otros de nuestros países, continuaron recibiendo presiones e imposiciones, solapadas y abiertas sobre todo en su agenda contra-natura.

Muchos tratan de establecer diferencias entre los gobiernos ejercidos por los representantes demócratas y los republicanos con relación a América Latina. Salvo cierta moderación de parte de los demócratas y la reconocida actitud grosera de los republicanos, la política exterior norteamericana para Latinoamérica siempre es coercitiva. Cuando el engaño, la manipulación y el chantaje no causan sus efectos en las autoridades que quieren controlar, entonces recurren a los funcionales y tradicionales métodos de despotricación, activación de las reacciones y ONGs de nuestros países y, últimamente, a la implementación de mecanismos constitucionales para  revertir procesos que les son adversos.

Las democracias de las cuales alardean nuestros políticos en esta región del planeta, no son más que estructuras organizativas adaptadas a los intereses del poder económico de Estados Unidos. Desde que alguno de nuestros países, aunque haya sido voluntad del pueblo, decide romper con la dependencia dictada por la “democracia”, se le tilda de dictadura y se empeñan a fondo las organizaciones defensoras de los derechos humanos e individuales en esta labor.

La identificación más fuerte de las capas sociales de nuestras sociedades con la reacción y los intereses norteamericanos siempre estuvo representada por los hijos de los criollos. Estos, herederos del poder y las riquezas arrebatadas a España después de nuestras independencias, encontraron sus fuentes de afianzamiento, primeramente en las inversiones europeas británicas y alemanas, y luego, en las norteamericanas. A la burguesía latinoamericana, en la postrimería del siglo XX, con el auge de las ONGs, se les unen los sectores pensantes, productores de ideas y movilizadores de masas populares. Neutralizados estos últimos, “nuestras esperanzas se las comen los burros”.

Que Trump haya ganado las elecciones norteamericanas no creemos vaya a cambiar una visión y una postura anglosajona con relación a Latinoamérica surgida hace casi 200 años. El cambio debe imponerse de aquí para allá. La recién concluida campaña proselitista dejó serias heridas, como nunca, en Estados Unidos. Hay sectores allí apostando al caos, la división, la inconstitucionalidad. Muchos de los afines a Hilary Clinton no se resisten a haber perdido las elecciones.

Cual si fuera con un gobierno latinoamericano, la prensa norteamericana está manipulando y tergiversando para que Trump no sea proclamado. Intentan convencer a los representantes de los colegios electorales a que varíen sus votos y reviertan, como están acostumbrados a hacer en los países al Sur de Río Bravo, lo que por votos y tradición ganó el magnate norteamericano. Parece que los propulsores de este proceder son ajenos a las consecuencias de sus desmanes y asechanzas. Se creen inmunes al vórtice del huracán que intentan desatar.

Las élites norteamericanas le temen a Trump. Para ellos, el electo presidente es un individuo difícil de manejar; más que impredecible. Sus riesgos son significativos. Sin posibilidades de manipular el poder a través del ejecutivo sienten incertidumbre. El individuo es muy independiente. Parece ser que su prioridad, según planteó en campaña electoral, es luchar por el bienestar de las clases trabajadora y media norteamericanas a las cuales se ha empobrecido. Lo que esto significa para aquellos que han exportado sus capitales a otros países en busca de mayores ganancias, es lo que ha provocado estos movimientos de protesta que hoy se escenifican en la unión americana. ¡Comienza una lucha de intereses solapada que podría traer consecuencias terribles!

Para la burguesía latinoamericana y sus adherentes miembros de ONGs, es momento de reflexión. Sus políticas de expoliación, empobrecimiento de sus pueblos y empujes migratorios en favor de intereses extranjeros y propios, tendrán que ser detenidos. Si el electo presidente norteamericano actúa contra la inmigración, los tratados de libre comercio que lesionaron los bolsillos de la clase media norteamericana, esto presionará a las lapas de las dirigencias latinoamericanas a repensar sus posiciones y ver otras opciones más armónicas con lo que deben ser sus compromisos con sus conciudadanos.

Puede que no sea tan mala la elección de Trump en E.U.A.  A ese país también le hace falta creer en las buenas intenciones de sus políticos. El tiempo de crisis agobiante se lo señala. Para América Latina, es un halo de posible libertad hacia un mundo de verdadero respeto a las culturas, idiosincrasia e identidades de nuestros pueblos.