EL REY EN EL METRO. ESPAÑA EN LA CÁRCEL

13.11.2018
El Rey de España ha cogido el metro de Madrid en la estación de Sol y se ha bajado en la de Chamartín. Hace cien años su bisabuelo Alfonso XIII financió e inauguró la primera línea de metro en España, la de Madrid, la misma que ha utilizado Don Felipe.
Normalidad institucional.
<<Me alegro de que te hayan dejado entrar>> le dice el Rey a una pasajera que viaja en su vagón y que se siente algo cohibida ante tanto despliegue de autoridades y tanta autoridad.
Subordinada: la oración. <<Te hayan dejado entrar…>>. <<Hayan dejado>>, subordinada, nada tiene que ver con <<he dejado>>, imperativa. Haría, pero… Si por mí fuera. Subordinado a la Ley.
No todos lo hacen: ni hacen ni obligan a que se haga…, cumplir y hacer cumplir.
El transporte público en Madrid tiene sus fallos, pero en líneas generales funciona muy bien; en algunas zonas mejor que en otras (el sur se lleva lo peor). Funciona bien gracias al trabajo de mucha gente, pero es destacable la labor que hizo Esperanza Aguirre. También subordinada. Mandona, pero confiada, se equivocó a la hora de elegir a los subordinados, lo que la llevó a la subordinación total; insubordinación en las cuentas, mientras ella pensaba que mandaba. Ya lo dice, al menos antes lo decía, la Guardia Civil: no te fíes ni del compañero de pareja. Unos saben leer y escribir, pero algunos, los más, no saben leer ni escribir, pero saben contar que a la postre es lo que cuenta; si no te pillan antes o después.
El arte de robarte la cartera ha llegado a ser merecedor de un museo al complejo robo, donde figuren, en anaqueles bien custodiados, los planos y planes de los intrincados caminos oscuros, black, para, a costa de lo que sea, llegar a ser (y mantenerse) famoso, rico, guapo y andar por la política como un ensoñador del servicio público con escolta, coche oficial y jefe de gabinete. Un robaperas cualquiera, pero encumbrado.
Ahora para ir a la cárcel, de visita quiero decir, hay que pedir turno y hacer cola. Desde allí se aprueba, o no, como si fuese Bruselas, lo que usted y yo cobramos, gastamos, pagamos a Hacienda o nos hacen pagar, casi todo depende de lo que diga el encarcelado, todo depende de lo que allí aprueben.
Allí que vamos. A la cárcel creo que en metro no se puede, ni en ningún otro transporte público. En taxi, uber o cabify…, no lo sé. Las cárceles están en parajes solitarios, tristes entornos. Por dentro no tanto, solo echas de menos esa libertad; que no era eso que tú pensabas. Ni se compra ni se vende (?)
No sé como irá Pablo Iglesias a la cárcel, de visita claro. Como no va él sino que va el otro, puede que vaya en el transporte del otro; no creo que se atreva con el helicóptero, aunque este sí que es un asunto de Estado, para uso del HC militar, más serio que ir a un festival de rock. Se trata de que un preso, encarcelado por la justicia, apruebe o no el gasto militar, entre otros, el colegio del niño y la sanidad española; pongo como ejemplo.
En manos de unos presidiarios. Las cuentas del Estado, las de todos, los dineros, más que públicos, dependen de lo que digan desde la cárcel ¿Es tan complicado entender esto? Es la gran paradoja: los que se dicen libres están presos de los encarcelados. Una España democrática en manos de los encarcelados por querer destruir España. Un presidente del Gobierno, preso de sus alianzas; y todos quedamos presos de su caprichoso e infantil  pensamiento que tan bien definió el profesor Gustavo Bueno: <<El pensamiento de Alicia>>.
Normalidad institucional.
<<Me alegro que te hayan dejado entrar>>, dirá el preso al visitador.
<<No te preocupes aquí mando yo>>.
Populistas e independentistas sacan la hogaza, el chorizo y la baraja. Reparten cartas. Pasa la bota. España espera a la puerta de la cárcel.
-¿Tú crees que podremos salir de aquí?
-Tú firma aquí. Yo puedo. Saldrás, saldréis. La partida continuará fuera.
-¡Cuanto me alegra que te hayan dejado entrar! Dale un abrazo al presidente.
-¡Venga firma ya!
-Presidente esto ya está. Vete haciendo hueco que voy para allá.
Normalidad institucional. España hoy pendiente de la cárcel. Se juega su futuro ante el silencio y la pasividad, sospechosa, de todos. De usted y mía. Todos culpables.
No nos quejemos de que no nos hayan dejado entrar al vagón donde viaja nuestro futuro.