El Padre Calvo defiende la pena capital: “Hay mucha basura humana que segar en este mundo en que proliferan los vagos, mangantes y maleantes”

24.09.2018

La pena capital es doctrina católica, aunque el papa Bergoglio la niegue. Y lo es ya desde que el mandamiento de ejecutar a los asesinos por mano de la legítima autoridad. El Génesis (9,6) lo revela como texto muy anterior a la ley del Monte Sinaí y el mandato tras el capítulo 20 del Éxodo (en que viene el decálogo); en el siguiente capítulo (Éxodo 21: 12/23) se vuelve a prescribir cuando también pertenecía esa ley a la civil israelita: “el que hiera mortalmente a otro, será castigado con la muerte”. “Si de propósito mata un hombre a su prójimo traidoramente, de mi altar mismo le arrancarás para darle muerte”. “Quien hiera a su padre o a su madre sea muerto”. “El que robe un hombre, háyalo vendido o téngalo en su poder, será muerto”.
En el Evangelio, Cristo recuerda a Pedro: “mete la espada en la vaina, que quien a hierro mata a hierro muere”. San Pablo prohíbe la venganza privada (Romanos 12) y permite el castigo justo dado por la legítima autoridad, como deber de velar por el orden público y defensa de los seres inocentes (Romanos 13), que es en el Nuevo Testamento el “Vengador de la sangre”, en nombre de toda persona honrada. Sería muy largo de resumir mi ensayo filosófico-teológico titulado “los por qué de la pena capital”, de 39 capítulos, enviados a la Conferencia Episcopal y al Gobierno, sin respuesta de ambos. Pero el sofisma del papa radica en identificar la “categoría específica del ser humano”, por pertenecer a la jerarquía superior sobre el resto de las especies creadas, con la “dignidad humana” que solo se conquista como mérito moral por su conducta justa y ajustada a la moral ética como elogio personal.

Es imposible creer que Bergoglio no sepa distinguir ambos conceptos y por eso usa el sofisma de una dignidad humana que no tienen los asesinos, metiéndonos a todos en el mismo saco e ignorando herética y culpablemente las declaraciones al respecto del Concilio IV de Letrán, en 1215; la doctrina de Santo Tomás de Aquino de amputación del miembro gangrenado para salvar el resto corporal y las declaraciones de San Pío V y Pío XII, que afirmó que “el que no respete la vida inocente, ha perdido el derecho de vivir”.

La pena capital se basa en la doble teoría preventiva o disuasoria y la retributiva o sancionadora en plena justicia proporcionada a la gravedad del delito. La supresión de la misma es obra masónica y atea, además de antihumana como fundamento de orden público, defensa de inocentes e indefensos y ley divino-positiva irrenunciable en toda sociedad que se precie de religiosa, culta y desarrollada. Solo los cardos odian a los jardineros. Nada tienen que temer los inocentes.

Hay mucha basura humana que segar en este mundo en que proliferan los vagos, mangantes y maleantes de los que me declaro un furibundo enemigo.
Las injusticias solo nos ofenden en la medida en que no estamos dispuestos a cometerlas.