El “nacionalismo de diseño” como arma geopolítica

10.10.2016

Los ejércitos son una de las armas con las que se libra la batalla por la supremacía entre grandes potencias. Los ejércitos representan esencialmente el “poder duro” (“hard power”), pero también hay un poder paralelo y no menos importante que está representado en el concepto de “poder blando” (“soft power”). El poder duro está basado en los recursos militares y económicos que hacen presión física, mientras que el poder blando está basado en los recursos de la mente, es decir, en ideas y sentimientos. Son así, dos campos de batalla que se hallan en paralelo a dicha lucha por la supremacía. Vayamos a ojear en el breve espacio de un artículo, los elementos cruciales de poder blando en cuanto al nacionalismo de diseño.

¿Habían pensado alguna vez que el nacionalismo es parte de semejante poder blando y sirve a su vez como pretexto para el uso del poder duro en las grandes potencias mundiales? Si la respuesta es afirmativa, de seguro que lo siguiente les sonará familiar. El origen del nacionalismo, si bien se puede rastrear en diferentes fuentes que conducen a conclusiones contrapuestas, y en cuanto a cantidad, tiene una tendencia mayoritaria por la relación desde el sistema capitalista (en el siglo XIX) con las tendencias nacionalistas. Esto se debe a que los dirigentes en los nacientes Estados liberales entre finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX se toparon con una realidad evidente, ningún pobre lucharía para defender con su vida el derecho a la propiedad en un sistema político donde muy pocos tienen mucho, y muchos apenas tienen algo. Necesitaban una razón justificadora que sustentase mentalmente lo que un ejército no puede sostener siempre por la fuerza.

Visto así, apareció una manipulación de ideas desde los maestros del discurso liberal. En primer lugar, debemos tener en cuenta la raigambre histórica en Europa de ideas comunitaristas o cooperativistas que se pueden rastrear no sólo en la antigua Grecia, sino también en la Edad media, desde España hasta Rusia, yendo hasta lugares tan norteños como Islandia. Ahí existían ideas primigenias de pertenencia a una comunidad determinada, con sus propias características, y con la necesidad de protegerse y defenderse frente a cualquier ataque externo, es decir, una idea de ser nacional. La identidad y sentimiento de pertenencia son ámbitos decisivos, ya que el ser humano es un animal gregario, necesita de una “manada” y es en ella donde da lo mejor de sí; dicho en otras palabras, los humanos somos animales “nacionalistas” en el sentido de búsqueda por agruparnos con nuestros semejantes y de tener señas propias que nos diferencien de otras naciones (esto es, de otros grupos humanos). En segundo lugar, debemos tener en cuenta lo anteriormente añadido, en un sistema capitalista, ningún pobre daría grandes esfuerzos o su vida para mantener un sistema hecho por y para ricos. Así que los maestros del discurso liberal buscaron en la historia una fuente de legitimación, y allí la encontraron, y en caso de no encontrar lo que buscaban, aplicaron una fórmula sistemática: Manipular el pasado hasta que concuerde con su discurso presente.

Civilización como término decisivo

Así pues, en el siglo XIX apareció un concepto crucial en grandes Estados liberales de Europa Occidental: La Civilización. Tal vez se pregunten, ¿por qué es importante?, y es que en el concepto de Civilización se encuentra ese marco de identidad y sentido de pertenencia que toda persona busca y necesita. Dichos maestros del discurso, creaban un relato de Civilización que encajara con la mayor gloria mostrada para su país. Que así sus ciudadanos, pobres o ricos, se sintieran orgullosos de pertenecer a tal o cual país, y sobre todo, que se prestaran a defenderlo cuando los gobernantes determinasen guerra o la recibiesen. Que a falta de un ejército para mantener el sistema establecido, hubiera un poder capaz de mantener a la población alejada de la insurrección contra el poder. En este contexto, la educación pública tenía un doble propósito, por un lado, instruir en algo que la mayoría comprenderá como positivo: Lectura, escritura, y matemáticas; y por otro lado, adoctrinaba a los más jóvenes para que sólo tuvieran unos valores y unos conocimientos históricos apuntados al sostenimiento del discurso creado desde la élite político-económica. Evidentemente, la creciente difusión e impacto de los medios de comunicación también sirvieron como refuerzo manipulador fuera de las aulas.

El concepto de Civilización en sí mismo era una herramienta total del poder blando. Con ella se creaba un relato histórico de nación con tres elementos básicos:

  1. Afirmaciones gloriosas hacia sí misma, es decir, hacia “nuestro pueblo” y sus rasgos de identidad que lo definen positivamente frente a otros pueblos. Aquí es donde entra la inventiva para rellenar los vacíos o modificar la historia hasta acomodarla a los intereses del poder establecido.
     
  2. Afirmaciones denostadoras hacia los enemigos, es decir, si “nuestro pueblo” está compuesto de elementos positivos y gloriosos, todo enemigo es el opuesto negativo absoluto. Si “nosotros” somos buenos, entonces, todo “enemigo” debe ser malo. Si “nosotros” somos constructivos, entonces, todo “enemigo” debe ser destructivo.
     
  3. Iconos cartográficos, es decir, el uso de los mapas para mostrar gráficamente el territorio del país frente a los otros (los enemigos) y así crear una identidad territorial exactamente delimitada. Siendo así cada mapa, un elemento que une a la población aunque no haya salido de su provincia, región, ciudad, etc. Los mapas se destinan al sustento de esa conciencia territorial. 

Pero ahí no termina todo, no sólo se forma esa identidad social y territorial que inspira pertenencia a algo grande en cada potencia imperial de los Estados liberales decimonónicos. Civilización, con su concepto delimitado de “pueblo”, tiene una doble vertiente y aquí es donde empieza a desarrollar su gran uso como arma geopolítica. El concepto de Civilización representa la legitimidad histórica de la “Nación”, lo cual significa que la Nación actual es fruto de una larga historia, de una gran Civilización en su lucha por pervivir. Si se manipula el pasado, entonces el presente está abierto a posibilidades que de otro modo no lo estarían. Posiblemente les venga a la mente frases del tipo “quien controla el pasado, controla el presente, y quien controla el presente entonces controla el futuro”. Esta dinámica es exactamente así. Si se forma un relato determinado de Civilización con las tres características básicas anteriormente mencionadas, entonces, la Nación del presente debe asentarse a su identidad histórica, o mejor dicho, a la identidad histórica creada por los maestros del discurso liberal que han adaptado para maximizar sus intereses, y no tiene por qué coincidir con datos objetivos. Si el interés del poder establecido señala un objetivo, entonces todo sustento histórico será modificado para concordar con tal objetivo. Si hay elementos históricos objetivos como restos arqueológicos, cartografía, crónicas, etc., entonces todo será eliminado o modificado para concordar con la versión oficial.

En este escenario, el “nacionalismo” de los Estados liberales decimonónicos se divide en dos opciones o vías de acción: El nacionalismo unionista, y el nacionalismo separatista. El unionismo se aplicaba para la gran potencia, destacando su unicidad, su indivisibilidad, o también, resaltando las características comunes para formar una nación (caso alemán e italiano por ejemplo). Y el nacionalismo separatista se aplicaba entre grandes potencias, para crear problemas en potencias rivales sin necesidad de desplegar un ejército, sino por el contrario, usando a su propia gente contra ese poder establecido. Poco a poco, con el propio uso de esta arma, fue mejorando su aplicabilidad. Tanto en su vertiente unionista como separatista. El “nacionalismo” se convirtió en escudo y espada, escudo para protegerse de ataques, y espada para atacar a rivales. Por ejemplo, las luchas en los Balcanes con un imperio Austro-Húngaro creando el nacionalismo ucraniano en la zona de Galitzia (actual oeste de Ucrania), y enfrentándose a un creciente pan-eslavismo principalmente ruso, pero también con focos posibles entre diferentes pueblos eslavos dentro del Imperio Austro-Húngaro y también con grandes posibilidades de expandirse por los Balcanes que los rusos poco a poco liberaban de la ocupación otomana. A su vez, también se propugnaba desde las grandes potencias occidentales un nacionalismo polaco que pudiera el poder Alemán y Ruso principalmente.

Y ya que mencionamos Polonia, también fue allí pero en el siglo XX, donde Josef Pilsudski, que fue Jefe de Estado y Primer ministro en la Polonia independiente de entreguerras (1918-1939), ideó el concepto de “prometeísmo” para luchar contra los rusos, fuese el Imperio del Zar o la Unión Soviética, la dinámica que propugnó refleja muy bien todo el uso de nacionalismo en su vertiente unionista como separatista. Mientras Pilsudski afirmaba a una gran Polonia, a su vez propugnaba la desestabilización estratégica de Rusia mediante las alianzas con los diferentes pueblos no-rusos que conformaban la entonces Unión Soviética. Una fragmentación a base de la promoción de ideas “nacionales” estratégicamente confeccionadas para separarlas del centro político. Sencillamente, más ejemplos de nacionalismo de diseño.

De la Civilización a la autodeterminación

El cambio de siglo también trajo evoluciones al uso como arma estratégica del nacionalismo en términos liberales. Del concepto de Civilización se evolucionó al de  autodeterminación, igualmente usada en el siglo XX, que el término Civilización en el siglo XIX. Hay autodeterminación para los rivales de tal o cual potencia, pero no la hay para su territorio mismo. Se origina la dinámica por la que se señala que: Existen pueblos/naciones que tienen sus características propias y están explotadas por una potencia imperialista y despótica, por ello necesitan su autodeterminación e incluso un apoyo armado externo para conseguir su “liberación”. Por ejemplo, tenemos el caso de Panamá a principios del siglo XX, cuyos “patriotas” llegaron a la par que los intereses de EEUU para construir un canal inter-oceánico en su territorio, que ahorrase muchas semanas de navegación entre las costas este y oeste de EEUU. De repente, los panameños eran una nación oprimida por Colombia y debían liberarse. Desde el gobierno de EEUU apoyaron a esos nacionalistas separatistas, que tras una guerra, consiguieron formar un país “independiente” (lo entrecomillo especialmente porque durante más de 50 años el territorio del canal de Panamá y su área adyacente estuvieron controlados directamente por la flota estadounidense).

Se pueden encontrar muchos más ejemplos, como los visibles tras la primera y segunda guerra mundial, en que los territorios de los vencidos si estaban sometidos a la autodeterminación de los pueblos, pero no así los territorios de los vencedores. Un imperio colonial resultaba opresor si había sido derrotado, pero era una ventajosa civilización o una buena democracia si resultara vencedora en una guerra. Civilización, autodeterminación, y nación, eran herramientas conceptuales en manos de los gobiernos liberales en las grandes potencias mundiales, que servían para dividir enemigos a la vez a la vez que se reforzaban a sí mismas con tales conceptos

El reflejo internacionalista

El siglo XX también se caracteriza por la existencia del denominado como bloque socialista (o comunista), encabezado por la Unión Soviética y la China comunista. También ahí tenemos otros ejemplos del mismo uso anteriormente mencionado, pero ahora desde la perspectiva del internacionalismo. Sólo cambian las palabras, pero las dinámicas son equiparables. Los rivales del bloque socialista tienen naciones que deben ser liberadas por las potencias internacionalistas, mientras que las mismas potencias internacionalistas sólo tienen bondades y ningún pueblo subyugado.

En este contexto podemos mencionar el apoyo de EEUU a los rebeldes tibetanos en las décadas de 1950 y 1960 contra el gobierno comunista, o el apoyo también de los EEUU a los muyahidines en Afganistán contra los soviéticos en las décadas de 1970 y 1980. O el apoyo de la Unión Soviética a los rebeldes cubanos en la década de 1960, etc. De nuevo tenemos las mismas acusaciones cruzadas: “Los míos son luchadores por la libertad, los tuyos son terroristas opresores”. La situación que esto muestra es tal que, entre las grandes potencias del sistema internacional, no existe una relación total entre las palabras y los hechos, sino por el contrario, las palabras reflejan ideologías pero en cuanto a hechos, lo que se refleja es realismo geopolítico que sólo entiende de alcance de poder.

Nuevo siglo, nueva moda: Revoluciones de color

El siglo XXI también trajo un nuevo cambio, un añadido más. La autodeterminación parece sonar a cosa del pasado, a cosa de una época colonial que supuestamente ha pasado. Y no digamos el término civilización, que parece sonar -en general- como algo arcaico y contrario al progreso moderno. La tercera evolución de este campo de batalla del poder blando se denomina como: Revoluciones de color. Los maestros del discurso liberal en la actualidad, ya no tejen discurso de la nación, de la civilización o de la autodeterminación como los ejemplos del pasado. Ya no se trata -solamente- de provocar divisiones entre países, sino de llevarse países enteros de una órbita geopolítica a otra. Exactamente, de poner a todos los países del mundo en la órbita de EEUU como gran potencia vencedora de la guerra fría. El nacionalismo ahora mismo no es estrategia, sino táctica. La estrategia es internacionalista, en cuanto a mover a países enteros a la órbita capitalista estadounidense; pero la táctica es nacionalista en cuanto a promover ideologías separadoras y opuestas entre unas naciones con la órbita o posible órbita geopolítica en que se encuentren.

De este modo, mediante las revoluciones de color, se cambian gobiernos opuestos al bloque encabezado por EEUU, al grito de libertad y prosperidad. Con ello, buscan el cambio de orientación en los países no-afines, esto es, unirlos al gran bloque encabezado por EEUU que tiende cada vez más a un gobierno mundial basado en cuestiones únicamente materiales, esto es, en lo económico capitalista.

Entonces, hemos pasado de la dinámica de siglos pasados, donde diversas potencias fomentaban la existencia de regiones separatistas en las potencias rivales, a una situación en que desde EEUU se fomenta una especie de gran separatismo de naciones enteras respecto al ámbito geopolítico en que se encuentren. Básicamente, todo país que se encuentre orientado a cualquier ámbito que no sea el capitalismo de EEUU, es apuntado y atacado mediante las revoluciones de color para que se orienten a lo establecido desde EEUU. Ya no buscan separar a una región de un país, sino cambiar la orientación geopolítica completa de ese país.

Además, el el nacionalismo separatista se sigue manteniendo en uso como “plan B” en caso de un fracaso continuado y prolongado de los intentos de revolución de color. La creación de una guerra civil en un país que se resista a ser “coloreado”, es otro de los posibles usos de esta nueva concepción liberal de lo “nacional”. Sobre todo, cuando se trate de países próximos a grandes objetivos geopolíticos, es decir a grandes potencias rivales (por ejemplo, EEUU respecto a Rusia y China). Así visto, si desde EEUU no consiguen cambiar la orientación de un país mediante revolución de color, siempre pueden usar un “plan B” basado en la promoción de un separatismo en el país resistidor y así hundirlo en una guerra civil que desemboque en un inmenso “agujero negro geopolítico” que absorba las atenciones, recursos y vidas de la gran potencia adyacente y rival a los objetivos de EEUU.

Conclusiones

Si bien es cierto que en estos pocos párrafos hay muchos elementos, sobre todo ejemplos, que han quedado sin mención expresa, se puede ver sucintamente la relación causal entre el surgimiento de los Estados liberales (entre finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX) y la necesidad de crear una legitimidad histórica mediante el control del pasado, con una creación exhaustiva de un relato para justificar las acciones de la élite gobernante de una potencia frente a sus homólogos en otras potencias. El uso de la educación pública y los medios de comunicación sirven como yunque y martillo donde forjar el nuevo pensamiento en las mentes de sus ciudadanos. Los conceptos de Civilización en el siglo XIX, autodeterminación en el siglo XX, y revoluciones de color en el siglo XXI son diferentes manifestaciones y acumulaciones de los usos teóricos y prácticos de estas élites liberales económicas y políticas así como de las élites “socialistas” internacionalistas en el siglo XX que también hicieron uso de estas armas geopolíticas de poder blando para justificar sus campañas externas.