El momento ruso

10.01.2017

Resumir los eventos del pasado mes de noviembre como beneficiosos para los objetivos geopolíticos de Rusia sería una bruta subestimación. De hecho, fue simple y llanamente quizá el mejor mes que la administración Putin haya experimentado.

En una de las derrotas más sorprendentes en la historia, el disidente Donald Trump aseguró la victoria sobre Hillary Clinton en las elecciones presidenciales de EEUU. Esto señala un cambio radical en la política exterior de EEUU lejos del papel de “policía mundial” y hacia una visión del mundo introspectiva y pragmáticamente auto-interesada, algo con lo que Rusia puede negociar muy fácilmente como se plantea firmemente en la tradición realista. Además, Bulgaria y Moldavia, eligieron presidentes que improbablemente serán hostiles a Moscú. Justo recientemente, uno puede añadir a la lista de eventos positivos, el colapso del gobierno Renzi en Italia, y la nominación de François Fillon a la carrera presidencial con la UMP en Francia. De manera lenta pero segura, la determinación tras la provocativa campaña de sanciones contra Rusia, encabezada inicialmente por RU y Alemania, está colapsándose.

Digo más, incluso hay noticias más positivas. Las negociaciones con la OPEP parece que han encontrado un modo para salir de la caída en el mercado de petróleo, e incluso los  “portales de noticias” neoliberales parecen estar en la etapa de aceptación del inconveniente por la causa perdida del derrocamiento del gobierno sirio. Parece que la tercera guerra mundial puede haber sido evitada. 

Observar la importancia de los acontecimientos anteriormente mencionados es bastante fácil, pero sacarles el máximo partido es otro asunto. Desde el fin de la guerra fría, el papel de Rusia ha estado en cuestión. No está exactamente claro cuál es su auto-imagen, y qué rumbo tiene la voluntad de trazar tras expulsar finalmente a los agentes extranjeros de sabotaje y control después de la década de 1990. Desde ese tiempo, bajo el liderazgo de Vladimir Putin, Rusia ha sido un actor regional comportándose de tal modo para asegurar su soberanía. Este es el motivo por el que intervino en Georgia, Crimea, y ciertamente en Siria. Todo fue fundamental para la seguridad regional rusa, o para la idea de defender a los rusos étnicos atrapados al otro lado de las fronteras post-soviéticas.

A pesar de que algunos pueden calificar a estos actos como “provocación”, la Federación de Rusia nunca ha transgredido la soberanía de otros Estados donde no había estado acosada para actuar así por intromisiones extranjeras con el statu quo. Rusia no tiene una guerra de Irak en su nombre. Esto ha sido enormemente beneficioso para la mejora de la posición internacional del país, hasta el punto donde la narrativa dominante fuera de Siria ha sido que Putin ha intentado mantener la paz, mientras que el Departamento de Estado de EEUU ha demandado guerra, y los hechos confirman esto. Pero esto no es simplemente suficiente para ser percibido como un Estado sin intenciones malévolas. Esto en solitario, solamente asegurará la indiferencia internacional.

En el siglo pasado, Rusia consiguió asegurar el apoyo internacional para sus objetivos a través de medios ideológicos, la difusión activa de programas comunistas y la exportación de la revolución a otros países alrededor del mundo. El supuesto propósito de Rusia era la liberación del proletariado frente al dominio de la opresión capitalista. Las ilusiones ideológicas de dicha era se han desvanecido desde entonces, sus fundamentos se han demostrado como inapropiados. Rusia ya no puede ser definida por la ideología, porque la ideología empujada al extranjero solamente fomenta resentimiento en los pueblos a quienes es extraño su carácter (de ahí el porqué de la aversión al país es todavía fuerte en ciertas partes de Europa oriental).

En vez de eso, Rusia debería basar cualquier consideración ideológica en torno a un objetivo esencial: La destrucción del liberalismo.

La razón de ser para esto es el claro y decidido propósito de Rusia. El liberalismo entraña por necesidad la destrucción de los rusos, justo del mismo modo que entrañó la destrucción de los alemanes, los franceses, los suecos, etc. El liberalismo nunca puede vivir en paz con Rusia a menos que garantice que los Rusos están puestos en la misma senda que las poblaciones anteriormente mencionadas, que no solamente continúen sufriendo por diferentes problemas sociales que afligen a la ciudadanía, sino que por encima de esto, se conviertan en blandos y débiles, en tolerantes a los peores elementos dentro de ellos mismos y peor todavía, en promotores de tales elementos hasta los puestos más altos. El liberalismo nunca estará satisfecho simplemente con “contener” a Rusia, su objetivo es “cambiar” Rusia, lo que por supuesto entraña la desintegración del espacio geográfico ruso y la reducción de su población gobernante al papel de un domicilio conveniente para el “espíritu de la época”. Durante tanto tiempo como exista el liberalismo, será una amenaza existencial a Rusia, que fue reconocida en tiempos anteriores por la respuesta zarista a la Francia revolucionaria.

Si Rusia es un contrapunto al liberalismo, si tiene los recursos y la auto-confianza para reasumir esta identidad en el sentido más pleno, entonces estamos en el precipicio de un “momento ruso”, y por eso me refiero a un periodo en que Rusia altera radicalmente el curso de la historia. Europa ha alcanzado el ápice de la crisis, donde al menos algunas partes de las poblaciones nativas están despertando ante el hecho de que están siendo lentamente hervidos vivos mediante el cambio demográfico no deseado, la atomización secular, el control corporativo, y la corrupción de la élite. Quieren salir de la locura pero por ahora las fuerzas del poder político establecido están logrando mantenerles sentados, según vimos en las recientes elecciones austriacas. Ciertos comentaristas han estado ansiosos por afirmar que la “primavera populista” que estalla por todo el mundo es resultado de la recesión de 2008, y ha de pasarse, sin embargo estos deseosos pensadores no entienden las ansiedades que subyacen al apoyo por candidatos como Marine Le Pen y Matteo Salvini, que están enraizadas en temas más complejos de identidad en vez de en lo económico. Apoyar estas identidades tradicionales es de vital interés para Rusia, al igual que lo es la oposición a las identidades artificiales.

La respuesta a la pregunta de por qué esas identidades benefician a Rusia yace en su rechazo embrionario del paradigma liberal. Si el liberalismo es ciertamente una amenaza existencial a Rusia, entonces solamente por lógica se deduce que Rusia preferiría tener Estados no-liberales a lo largo de sus fronteras, Estados que se reflejen a Bielorrusia más que a Canadá. Ha sido declarado muchas veces que incluso una insinuación de agenda neocolonial en Moscú condenaría tal proyecto de divulgación, y ese es el motivo por el que occidente está tan deseoso de hacer sonar las alarmas sobre la incipiente invasión de Polonia que nunca ocurrirá. Si Moscú, en cambio, es visto como un amigo para la causa de la identidad, algo de un valor más elevado que lo simplemente material, entonces de seguro que está en posición de ganar cuando la desesperación en Europa anule su sentido de comodidad.

El poder establecido de un fenómeno geopolítico natural, un eje París-Berlín-Moscú basado en la soberanía, identidad, continentalismo realista, y valores cristianos tradicionales (digo “tradicionales” para distinguirlos de los burgueses pseudo-cristianos) proporcionarían a Rusia su seguridad necesaria, pero de manera más importante, podrían lograrse sin los males de la ocupación y sin la amenaza de la guerra nuclear.

Todo esto requeriría que los europeos rechazasen el atlantismo y los denominados valores “occidentales” por desesperación. Por supuesto, no podemos depender de la argumentación para alcanzar fines positivos. La argumentación ha sido intentada por las mejores mentes en los últimos 300 años y fracasaron. Es la desesperación lo que facilitará el surgimiento de personas virtuosas que harán causa común con una Rusia rejuvenecida, y la entropía de la dinámica actual en juego en la sociedad occidental garantiza tal desesperación en el futuro próximo.

Cuando consideramos lo que realmente significaría un momento ruso, estamos preguntándonos hasta qué punto y en qué forma Rusia puede ser el modelo para cierta perspectiva, más que un tipo específico de sociedad o ideología política / económica. Los problemas internos del Estado ruso representan solamente la primera posibilidad. Incuso descontando el trabajo de potencias extranjeras agresivas y organizaciones no gubernamentales, hay verdaderas fallas en la sociedad rusa en general, desde las tasas de abortos a los delitos menores, desde los problemas de infraestructuras hasta la economía de productos básicos. La gente que tenga los ojos nublados sobre tales cosas no solamente estará decepcionada, sino que no entenderá el elemento de Rusia que es fácilmente transferible a Europa, y este es una perspectiva; una perspectiva que está anclada en la auto-comprensión, la celebración de la historia nacional, y de manera mucho más importante, de una visión de progreso que no está necesariamente atada a las riquezas, la tolerancia, la libertad, o ‘el fin de la historia’, sino a la heroica belleza de la civilización greco-romana, y la puridad ascética de las enseñanzas cristianas. Cada europeo puede identificarse con estos elementos una vez que se limpien  de Kant y Rousseau por la dura y fría realidad de las redes políticas de pedófilos, el terrorismo sin cesar, la ruptura de la familia, y la destrucción de la cultura.

El momento ruso depende de si puede ser un modelo claro para tal perspectiva. En el presente, está teniendo éxito, y los acontecimientos alrededor del mundo están allanando el camino para que Rusia recoja la cosecha más rica y abundante que llega por estar en primera línea del cambio paradigmático global. Si Rusia continúa su avance por este camino, al final estará en su liderazgo, y quizá de manera más importante, aquellos que ayudaron a modelar la narrativa, dirección y actitud de ese liderazgo.

A través de la historia, es deber de los vecinos comprenderse mutuamente, pero los problemas con la división presente este/oeste es que no es simplemente una división de etnicidad, cultura, religión, o incluso filosofía política. Es una división de perspectiva, un abismo que ningún cambio de tratados puede cerrar. Rusia no puede comprender a occidente, y occidente ciertamente no puede comprender a Rusia. Ellos se han separado de manera decisiva, especialmente en los últimos 300 años, y este es el motivo por el que occidente perdió la vista de sí mismo, perdió su fundamento en los pueblos que lo hicieron, reemplazándolos con ideologías, que una tras otra, son sombras pálidas sombras de la cristiandad medieval y el imperio romano. Si ha de haber alguna paz o seguridad para el sufriente pueblo ruso y sus equivalentes en países occidentales, entonces este abismo de perspectiva debe ser cerrado, algo que sólo puede lograrse mediante la terminación del ‘moderno occidente’, y la modernidad misma, como paradigmas existentes. Con una verdadera Europa, con una Europa de la tierra más que del mar, Rusia debe buscar el respeto mutuo, la amistad, y el interés común. Con una falsa Europa, y la convicción ideológica que la apuntala, a saber: Liberalismo, Rusia está forzada a perseguir una guerra implacable y sin fin.