Distributivismo: La economía como si la gente importase

04.03.2016

Las verdaderas expresiones “proféticas”, y el análisis de las circunstancias actuales, junto con una consideración de las leyes escritas en la naturaleza humana que se manifiestan en la historia, pueden proporcionar una predicción relativa al resumen de cosas por venir.  Este juicio de las mentes bien informadas y perceptivas, es algo minado por un único factor. El universo y el “universo” de la sociedad humana en el cual las leyes inherentes escritas en la naturaleza humana por su creador revelan acontecimientos históricos por sí mismas, es también un universo que contiene criaturas libres que están indeterminadas con respecto a los medios que pueden emplear para lograr su fin específico humano. La libertad humana inserta una variable en la necesidad material del universo. Esta contingencia y variabilidad tiene su fuente última en la espiritualidad del alma humana. Esta se halla precisamente por su rechazo materialista del alma humana, que Karl Marx, por ejemplo, podría hacer ridículamente tales predicciones precisas como otras predicciones para el “necesario” movimiento de la economía, la política y la historia social. Esto no significa, sin embargo, que no haya una ley natural inherente que determine qué esfuerzo humano “funcionará” y cual conducirá a la catástrofe. Durante el siglo 19 y principios del 20, hubo un grupo de eruditos, teólogos, filósofos, críticos sociales, y poetas que predijeron la desaparición inevitable del sistema económico capitalista que estaba desarrollándose justamente en la Europa continental, pero había estado operativo durante 100 años en Inglaterra. Cuando lees sus trabajos, especialmente los autores británicos de principios del siglo 20, aquí incluimos a Hilaire Belloc, G.K. Chesterton, y Arthur Penty, uno se descubre ante el hecho de que sus análisis son más válidos hoy que hace 70 u 80 años atrás, que sus predicciones muy probablemente se cumplirán inminentemente. Lo que ellos predijeron no era nada menos que el colapso del sistema capitalista. En el caso de Belloc, en su libro “The Servile State” (El Estado servil), se predijo que el capitalismo pronto se transformaría en un sistema económico y social que se parecería a las economías esclavistas de las eras pre-cristianas y de principios del cristianismo. ¿Por qué ellos predijeron tal colapso o transformación inevitable? En sus escritos, se dan muchas razones, sin embargo, podemos reducirlas a tres. La primera, referida a la “paradoja capitalista”. La paradoja es una consecuencia del capitalismo siendo un sistema económico que, en el largo plazo, “previene a la gente de obtener la riqueza producida y previene al propietario de la riqueza de encontrar un mercado”. Desde que el capitalismo lucha tanto por mayores niveles de producción y menores salarios, finalmente “el trabajador que produce actualmente dice que no puede permitirse comprar las mismas botas que el trabajador ha hecho”. Esto conduce a la “posición absurda de las personas haciendo más bienes de los que necesitan y teniendo todavía menos de estos bienes disponibles que necesitan para sí mismos”1.

La segunda razón es ahora más permitente que cuando se dio la primera. El sistema capitalista, por su naturaleza concreta, pone la preponderancia de la riqueza en manos de una pequeña minoría. Este monopolio sobre el suministro de dinero por bancos y compañías financieras, se vuelve más absoluto que el capital necesario del consumidor que debe ir a los bancos para pedir dinero prestado. La usura, ahora llamada “intereses”, asegura que aquellos que primero posean el dinero para el préstamo, terminarán con la porción más grande del suministro de dinero del que ellos poseían antes de que diera el préstamo. Como los salarios se estancan y los intereses de pago se vuelven cada vez más imposibles de pagar, las enormes cifras de fallos producirán inevitablemente una crisis de todo el sistema financiero2. Cuando naciones enteras no puedan afrontar los préstamos, habrá una crisis a lo largo de todo el sistema financiero internacional. La desaparición está construida, por tanto, en la profunda estructura del sistema capitalista en el que el capital está principalmente en manos de unos pocos (esto es, todo tipo de riqueza en general que las personas usan con el objeto de producir más riquezas, y sin la que más riquezas no podrían producirse. Es una reserva sin la que el proceso productivo es imposible)3. Como G. K. Chesterton declaró acertadamente, el problema con el capitalismo es que produce pocos capitalistas.

El tercer hecho relativo a lo que los distributivistas pensaron, inevitablemente se derrumbaría el sistema o marcharía hacia su transformación fundamental; la inestabilidad general y la inseguridad personal que marca una plena economía capitalista. Lo que cuenta para este sentimiento general de inseguridad e inestabilidad, que caracteriza tanto al “asalariado” individual como a la sociedad que vive bajo el capitalismo, es el miedo siempre presente del desempleo y, a partir de aquí, de la miseria y el hecho de que el salario real del trabajador le deja solamente el dinero suficiente para cubrir los gastos del día. El ahorro, así como proporciona un colchón económico contra la desgracia del desempleo o una crisis personal, se vuelve en algo casi imposible4.

Lo anterior fueron solo algunas de las razones por las que los distributivistas, quienes formaron la Liga Distributista en 1926, pensaron que la economía capitalista se colapsaría finalmente. Aquellos no fueron, sin embargo, los únicos problemas que ellos encontraron con el sistema.

Las consecuencias sociales de la mayoría que son incapaces de permitirse la propiedad real, la caída y desaparición final de los gremios de comercio y corporaciones vocacionales, la “necesidad” de incluir a esposas y madres en la “fuerza laboral”, el fin de los negocios familiares (pequeños empresarios y granjeros), la desaparición del sistema de aprendices fueron todas acusaciones al capitalismo en la mente de aquellos que buscaban dibujar una “tercera vía” entre capitalismo, que es simplemente liberalismo en la esfera económica, y socialismo.

Hay pocas dudas de que los problemas con el capitalismo que fueron mencionados por los distributivistas, solo han crecido en proporción durante nuestro tiempo. La concentración de riqueza, ejemplificada por la reciente unión de Citicorp y Travelers que produjo la mayor institución bancaria en los Estados Unidos con activos por valor de 700.000 millones, es simplemente inconmensurable. La institución de la usura, siempre como un adjunto necesario del liberalismo económico, ha causado en los años recientes más bancarrotas y deudas personales que nunca antes en la historia. Naciones, tales como Indonesia, se tambalean al borde del caos social, económico y político a causa de su incapacidad de pagar los intereses de cientos de miles de millones de dólares en deudas bancarias. Si semejante nación debiera entrar en impagos, podría amenazar con lanzar a todas las naciones a la recesión, depresión o algo peor.

No es propio decir que las predicciones de la inminente desaparición del capitalismo estuvieran totalmente sin cumplimiento. Las décadas de 1920, 1930 y 1940 fueron testigos -reacción tras reacción- del individualismo radical que es la idea fundamental del capitalismo liberal. Realmente, el mercado es la institucionalización del individualismo y la no-responsabilidad. Ni el comprador ni el vendedor son responsables de nada salvo sí mismos5.  La idea de que, si todo el mundo simplemente busca por su propio interés económico, todo será proporcionado para la prosperidad, fue rechazada casi universalmente durante estas décadas. Vemos fuertes reacciones al liberalismo en la Rusia comunista, la Alemania nacionalsocialista, el fascismo Italiano, el corporativismo austriaco, portugués y español, el socialismo Fabiano británico, junto con el izquierdismo americano del “New Deal”. Así, en las décadas de 1930 y 1940, la mayoría del mundo estaba ordenado por ideologías que rechazaban las premisas del liberalismo económico. Tampoco debemos olvidar la crisis económica internacional a finales de la década de 1920 y principios de 1930, que produjo depresión económica, regímenes totalitarios, y finalmente, guerra mundial.

Sin embargo, hay un hecho que separa nuestro día de aquellos días de 1930 y 1940. La concentración de riqueza y capital, la paga inadecuada a las personas que proporciona lo básico para vivir y para proporcionarlos ahorros del futuro, la falta de prosperidad real distribuida generosa y ampliamente, está enmascarada con la realidad del crédito fácil. El crédito fácil, que últimamente no es tan fácil en absoluto para el que pide préstamo, anestesia a la población para los hechos desoladores del monopolio capitalista. Desde entonces parece ser posible conseguir todas las cosas que queremos, la realidad del dinero real es cada vez menos disponible para la persona media que se pierden el estado engañoso de la utopía consumista. Sólo cuando el “beneficio” del crédito usurero se corta, nos damos cuenta de la enorme extensión del problema. El problema más grande con el capitalismo liberal, no es sin embargo, la concentración de riqueza o propiedad real, el problema “existencial” más grande creado por el capitalismo es el significado y realidad del trabajo. Trabajar es esencial para lo que queramos ser como seres humanos. Lo siguiente a la familia es el trabajo y las relaciones establecidas por el trabajo que son los verdaderos fundamentos de la sociedad6. En el capitalismo moderno, sin embargo, es esta productividad y beneficio lo que son los objetivos básicos, no la provisión de trabajo satisfactorio. Es más, desde que los aparatos de “ahorro laboral” son los logros más orgullosos del capitalismo industrial, el trabajo mismo está sellado con la marca de la indeseabilidad. Lo que es indeseable, no puede conferir dignidad7.

No es simplemente que el capitalismo industrial ha producido formas de trabajo, tanto manuales como de oficina, que son “completamente sin intereses ni significado. Lo mecánico y artificial, separado de la naturaleza, utiliza solamente la parte más pequeña de las capacidades potenciales personales, [sentenciando] a la gran mayoría de trabajadores a gastar sus vidas laborales de un modo que no contiene ningún desafío interesante, ningún estímulo para la auto-perfección, ninguna oportunidad de desarrollo, ningún elemento de belleza, verdad y divinidad”8. Ciertamente, el capitalismo ha alienado de forma tan fundamental a la persona de su propio trabajo, que la persona no lo considera jamás como suyo. Esto se halla en el monopolio financiero que determinas las formas de trabajo que existen y cuales son “valiosas” (esto es, útiles para obtener dar beneficios a los propietarios del dinero)9. Desde que la persona gasta la mayor parte de sus días trabajando, su existencia completa se vuelve hueca, sirviendo a un propósito que no es el su propia elección ni está de acuerdo con su meta final.

En relación a la cuestión de una “meta final”, si consideramos el capitalismo desde una perspectiva verdaderamente filosófica, debemos preguntarnos sobre las cuestiones más filosóficas, ¿por qué? ¿Cuál es el propósito por el que todo se sacrifica?, ¿Cuál es el propósito del crecimiento continuo? ¿Es crecimiento por crecimiento? Con el capitalismo, no hay “punto de saturación”, ninguna condición en la que los maestros del sistema digan que el continuo crecimiento de los beneficios empresariales y el desarrollo de dispositivos tecnológicos hayan dejado de servir al fin último de la humanidad o incluso al más próximo. Quizá, la acusación más dañina del liberalismo económico, incluso, de cualquier forma de liberalismo, es  su incapacidad para preguntarse “por qué”.

A) Corporativismo: La respuesta católica.

1) La historia de la “tercera vía”.

Para entender la historia de la “tercera vía”, un nombre dado a un sistema económico que no es ni marxista ni capitalista por el pensador corporativista francés Auguste Murat (1944), debemos considerar las realidades social, política y económica, que originalmente motivan sus principales preferencias. En un principio, “corporativismo”, más tarde renombrado como “distributivismo” por partidarios birtánicos HIlaire Belloc y G. K. Chesterton, fue una respuesta  sobre la visión de los tradicionalistas alemanes y los católicos frente los ataques que la ideología de la revolución francesa había hecho en su país a principios y mediados del siglo 19. Las instituciones que estaban siendo defendidas en los pensamientos corporativistas fueron los antiguos “estados” o “gremios” que habían sido los pilares de la germanidad cristiana durante siglos. Estos cuerpos corporativos, agrupando juntos a todas las personas de una ocupación particular o función social, eran una oposición institucional a las doctrinas revolucionarias del individualismo e igualdad humana. Un pensador anteriormente de derechas, Adam Muller, defendía la idea tradicional de estratificación social basada en una jerarquía orgánica de estados o gremios (Berufstandische). Semejante sistema era necesario a causa de la desigualdad de las personas. Es más, tal sistema prevendría la “atomización” de la sociedad tan deseada por los revolucionarios que la deseaban rehacer en una nueva forma aquello que había sido pulverizada por el liberalismo10.

2) Von Kettler y el sistema de gremios.

Sin embargo, fue un noble y prelado alemán, Wilhelm Emmanuel, Baron von Ketteler (1811-1877), obispo de Mainz, quien dirigió el corporativismo a nuevos caminos y lo forzó a dirigirse a nuevas preocupaciones. La realidad que el obispo von Ketteler conocía de la mente católica era que debía dirigirse hacia una nueva realidad de industrialismo y liberalismo económico. Como el mismo Papa León XIII admitió en varias ocasiones, fue el pensamiento del obispo von Ketteler lo que ayudó a dar forma a su propia encíclica sobre enseñanzas económicas católicas: Rerum Novarum (1891)11. Las “nuevas cosas”, su sacralidad se dirigió hacia capitalismo y socialismo. Ambos se encuentran con su condenación, aunque el capitalismo es condenado con fuerte lenguaje como un abuso de propiedad, una privación de muchos por pocos, mientras el socialismo es descartado de forma absoluta por ser contrario al derecho inherente de las personas a tener propiedades12.

Von Ketteler, también, en su libro “Die Arbeiterfrage und das Christenthum” (El cristianismo y el problema laboral), ataca la supremacía del capital y el reino del liberalismo económico como las dos principales raíces del mal en la sociedad moderna. Ambos representados como el creciente ascenso del individualismo y materialismo, fuerzas gemelas que estaban operando para “ocasionar la disolución de todo lo que une a las personas, orgánica, espiritual, intelectual, moral y socialmente. El liberalismo económico no era nada más que una aplicación del materialismo a la sociedad. La clase trabajadora está siendo reducida a átomos y después re-ensamblados mecánicamente. Este es el principio fundamental generador de la economía política moderna”13. Lo que Ketteler buscó remediar fue “este método de pulverización, esta disolución química de la humanidad en individuos, en granos de polvo iguales en valor, en partículas que un soplo de viento puede dispersar en todas direcciones”14. La solución del obispo von Ketteler a este problema de la pulverización de la fuerza laboral y la injusticia existente que esto generaría inevitablemente, fue la de proponer una idea que fue el concepto central de la vida económica medieval y post-medieval: El sistema de gremios. Cuando, respondiendo a una carta de un pequeño grupo de trabajadores católicos que habían presentado la cuestión de: “¿Puede un trabajador católico ser miembro del partido socialista de los trabajadores?”, el obispo von Ketteler resumió la estructura básica de estos gremios vocacionales o Berufstandische: Primero, “las organizaciones deseadas deben ser de crecimiento natural, es decir, deben crecer de la naturaleza de las cosas, fuera del carácter del pueblo y su fe, como lo hacían los gremios de la edad media”. Segundo, “Estas deben tener un propósito económico y no deben ser sirvientes de las intrigas y sueños vanos de políticos, ni del fanatismo de los enemigos de la religión”. Tercero, “estas deben tener una base moral, esto es, una conciencia de honor corporativo, responsabilidad corporativa, etc.”. Cuarto, “deben incluir a todos los individuos del mismo estado vocacional”. Quinto, “el auto-gobierno y control deben combinarse en las debidas proporciones”.

Los gremios que von Kettler estaba apoyando debían ser verdaderas corporaciones sociales, verdaderos “cuerpos” vocacionales” que debían tener un objetivo principalmente económico, y aún más, estar animados por el “alma” de una fe común. Estos “cuerpos”, justo como todas las entidades orgánicas, estarían compuestas de distintas partes, todas ejerciendo un papel único en su oficio particular. En los días de los gigantes corporativos y sindicatos, es quizá, imposible de imaginar organizaciones vocacionales que incluyan tanto a propietarios como trabajadores, junto con técnicos de todo tipo. Estas organizaciones regularían todos los aspectos de su oficio particular, incluyendo salarios, precios de los productos, control de calidad, junto con el certificado de que todos los aprendices tienen las habilidades requeridas para realizar adecuadamente el arte particular del gremio.

3) El sistema de gremios y la solidaridad social.

Siguiendo el intelectual dibujado por Von Ketteler, otro católico alemán, Franz Hitze (1851-1921), escribió los propósitos sociales, psicológicos e incluso espirituales que habrían servido para las corporaciones vocacionales o gremios. Afirmando que la “libertad económica” solo fue un mito que servía para disfrazar el hecho de que el capital actualmente ordena cosas completamente con un único ojo hacia su propia ventaja, Hitze no vio alternativa al control económico y social tradicionalmente ejercido por los gremios. Serían tales organizaciones las que superarían el antagonismo entre capital y trabajo, que alimentaba la propaganda marxista. En su libro, “Kapital und Arbeit und die Reorganisation der Gesellschaft” (Capital y trabajo y la reorganización de la sociedad), Hitze declara que tales organizaciones desembocarían en la fiera competición lo que es totalmente inconsecuente con la idea del bien común y la solidaridad social. Esta idea de que una economía puede ordenarse sobre la base de la “mutualidad” y la identificación de los intereses del empleado y empleador, es difícil para aquellos que asumen que un sistema económico debe estar impulsado por la competición y el auto-interés. Sin embargo debe recordarse que, tal fue el sistema económico de la cristiandad hasta que los gremios fueron destruidos por el advenimiento de la revolución francesa.

Lo que estos grupos vocacionales tradicionales fueron capaces de fomentar durante las épocas en que ordenaban la vida del artesano, fueron una descentralización tanto de propiedad como de poder económico. Ellos, también, permitieron que el artesano medio tuviera una voz real en los trabajos de su oficio. Semejante “federalismo” económico o descentralización, previno el desarrollo de monopolios financieros. Como declara Hilaire Belloc, “ante todo, los gremios hicieron salvaguardia muy celosamente de la división de la propiedad, para que ahí nunca se formase ni proletariado por un lado, ni monopolio capitalista por otro lado”15.

B) Chester / Belloc y el distributivismo.

Fue en los primeros años del siglo 20 en que Hilaire Belloc y G. K. Chesterton, unidos por un antiguo socialista, Arthur Penty, e inspirados por la Rerum Novarum, intentaron articular un sistema económico que se pusiera sobre un conjunto de principios totalmente diferentes frente a aquellas “nuevas cosas” del capitalismo y socialismo”. El nombre que le dieron a este sistema, “distributivismo”, término difícil como ellos se dieron cuenta, expresaba no sólo la idea socialista de la confiscación de toda la propiedad privada, sino más, la amplia distribución de la tierra, de la propiedad real, de los medios de producción, y del capitalismo financiero entre la gran parte de las familias de la nación. Tal concepto, junto con su apoyo al sistema de gremios, de un regreso a la vida agraria, y de su condena sobre la toma de intereses en préstamos no productivos, formó el código de este “nuevo” modelo económico.

En su libro “Economics for Helen”, Belloc identifica la naturaleza del Estado distributivista por la distinción de este tipo de estado y sistema económico y social, respecto al Estado servil y al Estado capitalista. El Estado servil es una de las antigüedades clásicas, en las que grandes masas de pueblos trabajan como esclavos para una pequeña clase de propietarios. En este sentido, el estado económico de la antigüedad es muy similar al sistema económico de nuestro propio tiempo, en extensión a lo anterior, como una pequeña minoría posee la propiedad real, la tierra, los medios de producción, y el capital financiero, mientras que las grandes masas de población no poseen estos vienen en cualquier grado significativo. ¿Cómo distingue Belloc el Estado servil del Estado capitalista, en el que él cuenta a la Inglaterra de su tiempo? La diferencia es que, mientras que el Estado servil se basa en la coerción por la fuerza de gran parte de la población, que no posee propiedades, y trabajan para aquellos que la tienen; el Estado capitalista emplea a trabajadores “libres” quienes pueden elegir la firma de un contrato de trabajo con un empleador u otro. Regresando al tema, el trabajador recibe un salario que es una pequeña porción de la riqueza que produce16.

Lo que distingue el Estado distributista de los dos Estados anteriormente mencionados es que, en vez de una pequeña minoría de personas poseedoras de los medios de producción,  aquí hay una amplia distribución de la propiedad. En este sentido, Belloc define la propiedad como “el control de la riqueza por alguien”17. La propiedad debe entonces, estar controlada por alguien, en consecuencia, la riqueza que no se conserva o usa por alguien perecería y dejaría de ser rico.

1) El viaje de Inglaterra por el distributivismo hacia el capitalismo.

En la tesis histórica de Belloc, no fue el industrialismo de finales del siglo 18 y principios del siglo 19 lo que trajo el ascenso del capitalismo, sino algo más, Inglaterra era un Estado capitalista en creación mucho antes del surgimiento del ferrocarril o las factorías. El Estado servil, el Estado en que un pequeño número de propietarios controlaba la tierra y las personas que trabajaban la tierra, fue una marca de la civilización romana que se transformó gradualmente, bajo la influencia de la iglesia católica, en el sistema feudal en que el servus venía a ser un “esclavo” que no poseía nada, para ser un “siervo” quien podía tener (algo) de lo que el producía en los campos. El siervo tenía derecho a legar su tierra para su familia pero no podría ser expulsado de su tierra. Así, la seguridad personal y la estabilidad económica y social que caracterizaba al sistema estatal romano, fue traspasada a los tiempos medievales18.

Este movimiento histórico, bajo el amparo de la iglesia, hacia una persona trabajando en la tierra que ella misma posee, y trabajando para su propio beneficio y para el de su familia, llegó a su fin en la Inglaterra del siglo 16 durante el reinado de Enrique VIII. Puesto que el Estado Distributista ha crecido bajo la mirada de la Santa Madre Iglesia, no debería ser sorprendente que terminase cuando ésta fue atacada y suprimida. De acuerdo con Belloc, fue la confiscación del rey Enrique a las tierras de los monasterios en Inglaterra, y su acción de parcelación entre sus partidarios ricos, lo que marcó el comienzo de la transformación de Inglaterra a partir de una nación en la que la propiedad, la tierra y los medios de la producción estaban ampliamente distribuido, a uno en el que un pequeño número de familias controlan cada vez mayores porciones de tierra. La llegada del protestantismo marcó la transformación del inglés medio del independiente Yeoman al arrendatario. La concentración de la riqueza ocurrió, por tanto, mucho antes de que Inglaterra se convirtiese en la potencia industrial del mundo en el 19 de century19.

2) Lo pequeño es bello.

No puede haber ninguna duda en cuanto a la forma más general de la propiedad familiar prevista y defendida por Belloc y Chesterton. Para ellos, el sistema económico más humano y estable era uno en la que la mayoría de las familias cultivasen la tierra que ellos mismos poseían, haciéndolo con herramientas que eran también propias20. Aquí estaba siguiendo el ejemplo del Papa León XIII, que en la Rerum Novarum, aboga por un mismo objetivo: "Hemos visto, pues, que esta gran cuestión de trabajo no puede ser resuelta mediante la asunción como principio de que la propiedad privada debe ser considerada sagrada e inviolable La ley, por tanto, debe favorecer la propiedad y sus políticas deben estar para inducir el mayor número posible de obtención en una participación de la tierra, será salvado el abismo entre la vasta riqueza y la pobreza pura... Otra consecuencia será la mayor abundancia de los frutos de la tierra. Las personas siempre trabajan más duro y más fácilmente cuando que trabajan en lo que les pertenece; es más, y los que son queridos por ellos… esas personas se aferran a su país de nacimiento, ya que nadie podría intercambiar su país por un país extranjero, si los suyos le proporcionaron los medios de vivir una vida digna y feliz"21.

Siendo británico, la idea de que la tierra significa riqueza estaba inevitablemente arraigada en su concepción de la economía. La propiedad de la tierra por las familias que ellos mismos trabajaban, esa tierra también significaba estabilidad financiera, sin miedo al desempleo, una empresa familiar podría emplear, de cualquier manera a todos los miembros, una habilidad colocada junto a la comida y suministros para crear una cobertura frente a la indigencia, un modo de proporcionar no sólo para los niños propios, sino también para los niños de otros, junto con la creación de una estructura económica que no se orienta hacia los beneficios empresariales sino hacia la provisión de la subsistencia familiar y el mercado local. Belloc habla de este tipo de economía distributista como una de las más generales a lo largo de la historia de la humanidad, con la posible excepción de la economía esclavista. Capitalismo y socialismo ciertamente son recientes intrusos en la escena económica humana22.

A continuación debemos abordar las formas en que tal idea distributista se puede implementar a nivel personal y comunitario. En este sentido, nuestro próximo artículo se centrará en el concepto de una "economía paralela", formada por aquellos que desean comenzar a poner en práctica las enseñanzas económicas de la Rerum Novarum y Quadragesimo Anno, además de centrarse en la idea agraria tanto como el pensamiento católico y buen sentido humano.

Referencias:

1 Hilaire Belloc, Economics for Helen (Hampshire, England: St. George Educational Trust, n.d.), p. 62. [Back]
2 Cf. Hilaire Belloc, Usury (Hampshire, England: Saint George Educational Trust, n.d.). [Back]
3 Belloc, Economics, p. 13. [Back]
4 Arthur Penty, The Guild Alternative (Hampshire, England: The Saint George Trust, n.d.), p. vi. [Back]
5 Schumacher, Small is Beautiful: Economics as if People Mattered (New York: Harper Colophon Books, 1975), p. 42. [Back]
6 E.F. Schumacher, Small is Beautiful, p. 34. [Back]
7 E.F. Schumacher, Good Work (New York: Harper and Row, 1979), p. 27-28. [Back]
8 Ibid., p. 27. [Back]
9 Ibid., p. pp. 27-28. [Back]
10 Ralph Brown, German Theories of the Corporative State (New York: McGraw-Hill, 1947), p. 18. [Back]
11 Ibid., p. 19 and p. 79. [Back]
12 Michael Oakeshott, The Social and Political Doctrines of Contemporary Europe (New York: The Macmillan Company, 1944), p. 66. Cf. A History of Distributism, adopted from an address to the Third Way International Conference, London 16 October 1994, by Anthony Cooney, editor of the Liverpool Newsletter. [Back]

13 Brown, p. 80-81. [Back]
14 Brown, p. 53-57. [Back]
15 Hilaire Belloc, The Servile State (Indianapolis, Indiana: Liberty Classics, 1977), pp. 78-79. [Back]
16 Ibid., p. 59. [Back]
17 Belloc, Economics for Helen, p. 50. [Back]
18 Cf. Belloc, The Servile State. [Back]
19 Ibid. [Back]
20 Belloc, Economics for Helen, p. 62. [Back]
21 Pope Leo XIII, Rerum Novarum, para. 35 cited in A History of Distributism by Anthony Cooney. [Back]
22 Belloc, Economics for Helen, p. 64. [Back]