Derecha e izquierda, palabras sin significado

03.05.2016

Usted se ha definido como “una persona de la derecha de la izquierda” o como “una persona de la izquierda de la derecha”. Si esto no es una broma ¿qué significa? Esto primeramente significa que no juzgo ideas según su origen, sino según su exactitud. El verdadero valor de una idea no depende de su marca. Si no, también significa que no tengo más indulgencia para la estupidez de la derecha, de la que tengo para el sectarismo de la izquierda. José Ortega y Gasset dijo, en “La revolución de las masas”: “Ser de izquierdas o de derechas es elegir una de las innumerables formas ofrecidas a las personas para ser imbéciles; ambas, actualmente, son formas de hemiplejía moral”. Por mi parte, siempre me sorprendí al anotar que las personas “de derechas” en general no tienen cultura izquierdista, y la gente de la izquierda en general no tiene cultura derechista. Esta es la razón por la que uno u otro convierte a sus adversarios en una representación que es normalmente una fantasía.

Entre cierta “derecha”, es de costumbre denunciar la “falsa derecha”, como en la “izquierda” gustosamente critican a los “traidores de la falsa izquierda”. ¿Estas peleas ocultan un profundo problema político? Actualmente, hay un profundo problema político, pero no son opiniones subjetivas, que puedan ayudar a identificarlo. Si mantenemos una aproximación científica, debemos reconocer que los especialistas de la ciencia política nunca llegaron a un acuerdo sobre la noción que podría servir como denominador común para toda la derecha (o toda la izquierda). Múltiples proposiciones han sido presentadas (libertad o igualdad, conservadurismo o progresismo, orden o cambio, perfectibilidad o imperfectibilidad de la naturaleza humana, etc.), pero cualquiera que sea el criterio, siempre hay excepciones.

En el esquema histórico, tenemos el hábito de datar la fractura izquierda-derecha en la revolución francesa, pero en realidad –en Francia al menos- estos términos sólo se difunden en el discurso público en los últimos años del siglo 19. ¡Nunca habría llegado a la mente de Karl Marx, George Sorel, o Proudhon, definirse a sí mismos como “hombres de izquierda”! La alianza del movimiento de los trabajadores con la izquierda progresista no ocurrió hasta el caso Dreyfus. Es más, lejos de tener fijada una residencia fija, una serie de ideas no han parado de caminar entre los campos políticos: El liberalismo pasó de la izquierda a la derecha, el colonialismo fue primero defendido por la izquierda antes de serlo por la derecha, el ecologismo pasó de la derecha a la izquierda, y así sucesivamente.

Lo cierto es que en cada época y en cada país, hay muchas derechas y muchas izquierdas. Algunas de las derechas tienen más afinidad con algunas de aquellas izquierdas que con otras derechas. En Francia, todos saben la división propuesta por René Rémond entre la derecha orleanista, la derecha legitimista, y la derecha bonapartista. Esto está lejos de agotar el tema.

Recientemente, una serie de factores han acelerado la disolución de la fractura derecha/izquierda, tanto la casi desaparición de las familias sociológicas donde la gente solía votar del mismo modo de padres a hijos (hoy, nos pasamos de un partido a otro como el que prueba entre varios productos del supermercado), la crisis de representación, o el extraordinario reenfocado de los programas de partido que alimentan el sueño de un “consenso del centro”. La derecha abandonó la nación, para no desagradar a las corporaciones multinacionales, y la izquierda abandonó a pueblo por concentrarse en la sociedad centrada en el mercado. Todos son partidarios de los derechos humanos y la liberalización del capital, y todos prosiguen con políticas convergentes cuando llegan al poder.

El resultado es que la gente tiene cada vez más dificultades para entender lo que distingue la izquierda y la derecha. ¿Es Emmanuel Macron un hombre de la izquierda? ¿Alain Juppé, un hombre de la derecha? Y ¿dónde clasificar a Marine Le Pen, que acampa en una línea que no es derecha o izquierda? Natacha Polony declaró: “Cuando veo a los representantes de la derecha, no siente la derecha ni por un segundo. Lo mismo con la izquierda, donde ya no puedo encontrar más mi lugar”. Cada vez más gente está en la misma situación.

Si la fractura izquierda/derecha se desvanece, ¿qué la reemplaza?

Hoy, la fractura fundamental es la globalización, y tras ella, la relación con la idea del progreso, el orden liberal (tanto económico como social), y el sistema monetario. Hay de uno y otro lado quien se beneficia de la globalización, tanto si son de derecha como de izquierda, y por otro lado, aquellos que son víctimas, lo son tanto de izquierda como de derecha (la Francia “periférica”).

Esto es lo que ha sido bien comprendido, en varios grados, por movimientos populistas. El populismo, del que persistimos en no entender su naturaleza verdadera, consistente en la articulación de demandas sociales que se expresan a sí mismas desde “abajo” para crear una contra-hegemonía a la hegemonía “en la cima”. Las clases medias y populares pueden así levantarse como representantes de todo el tejido social, en el modelo de lo que ocurrió en 1789 cuando el tercer Estado se proclamó a sí mismo, sobre la base de los “cuadernos de quejas”, como el verdadero fideicomiso de la legitimidad nacional. Así puede empezar la deconstrucción gradual del sistema que está en el lugar. Pero por otro lado, es también lo que explica cómo, en la clase dominante, la idea de unión nacional entre los “partidos del gobierno” nunca dejó de avanzar hacia la neutralización de los “recalcitrantes” de ambos lados. La clarificación nacida de esto es que aquellos dos fenómenos se están reforzando mutuamente.