Combatir a la ideología feminista es generar comunidad

14.03.2017

Una ideología constituye un particular sistema estructurado de creencias más o menos generales que es compartido por un grupo de personas. Este sistema no es necesariamente coherente, o exento de contradicciones, o plenamente conforme con la realidad. Cada ideología proporciona a sus partidarios, como aporte cognitivo, una serie de representaciones sociales que, además de explicar, mejor o peor, la realidad, suele incluir unos objetivos y un programa de actuación para lograrlos. La ideología provee de afirmaciones y de negaciones de carácter muy general y se relaciona con las opiniones, actitudes, discursos y otras prácticas sociales de cada individuo; lo hace una manera no determinista es decir, influenciando de manera variable pero no señalando de manera inequívoca estas opiniones, actitudes, discursos y prácticas. Y esto es así porque, en virtud de la disparidad individual, la manifestación subjetiva, es decir, individual, de cualquier ideología es variable. De esta manera, las personas se adscriben a una ideología particular con diferente intensidad (la identificación de cada persona con su ideología, o grado de ideologización, es variable); cada persona tiene un dominio o manejo de su ideología determinado (en el extremo superior de manejo estaría el ideólogo, en el extremo inferior el bruto que apenas balbucea consignas) y no siempre el grado de ideologización y el manejo ideológico van unidos; además, cada persona tiene una particular conciencia de adscripción ideológica, que puede oscilar de una conciencia nula a una conciencia absoluta.

Una ideología se halla en situación de hegemonía en una sociedad determinada cuando sus ideologemas, su programa y las políticas que de ellos se derivan son aceptados y compartidos por el conjunto de aquella sociedad, hasta el punto de que muchos de ellos llegan a pasar políticamente desapercibidos y aparecen como hechos naturales e indiscutibles. Esto ocurre en todos los estados del oeste europeo con la ideología feminista, nada extraño por otra parte tras años de intensivo adoctrinamiento en ella.

El feminismo es una ideología que la oligarquía económica mundialista se ha empeñado en difundir entre el pueblo. Para ello ha utilizado sistemáticamente tanto al sistema educativo, que controla indirectamente, mediante los gobiernos afines, es decir, casi todos, como a los grandes medios de comunicación de masas, que en el caso de los públicos controla indirectamente, y de la misma manera de lo que lo hace con el sistema educativo, y que en el caso de los privados controla directamente, siendo su propietario y/o mediante el chantaje de la publicidad comercial, como eficaces mecanismos de adoctrinamiento.

Esto es complementado con la brutal presión que una minoría, constituida por feministas profesionales organizadas como lobby extraordinariamente agresivo, ejercen sobre estas dos mismas instancias, sistema educativo y medios de comunicación de masas, así como sobre la sociedad en su conjunto. Es bien sabido, además, que este lobby feminista recibe abundante financiación pública, proporcionada por los gobiernos, y privada, proporcionada directamente por la propia oligarquía.

La situación de hegemonía de la que goza la ideología feminista hace que acontecimientos, políticas y noticias que, como mínimo, deberían suscitar el debate, pasen inadvertidos sin más, como cosas dadas no dignas de discutirse.

En el caso español, pero de manera similar en otras naciones de su entorno, acontecimientos y políticas tales como la Ley Orgánica de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género, equivalente a la abolición de la presunción de inocencia y de la igualdad ante la ley en perjuicio del varón, o equivalente al derecho penal de autor (por supuesto, en perjuicio del varón), las llamadas listas electorales “paritarias”, el que los partidos políticos con representación parlamentaria hoy hagan pasar la agenda feminista como agenda propia, el que los sindicatos hagan lo mismo a pesar de ir tal agenda en contra de los intereses de la clase obrera, el intenso adoctrinamiento feminista por parte del sistema educativo, la defensa irrestricta de la ideología feminista en los grandes medios de comunicación, el “todas y todos” a todas horas, etc. Pero al no debatirse ni cuestionarse los acontecimientos causados por el programa feminista, las propias políticas feministas y la información referente a estos acontecimientos y a estos programas, la ideología y las ideólogas feministas ganan más y más espacio social e influencia, extendiéndose constantemente su radio de acción, a la vez que intensificándose esta misma acción, es decir, exacerbándose su hegemonía.

A estas alturas es evidente que la ideología feminista funciona como potente elemento erosionador de la familia y, por ende, de la sociedad misma, siendo la familia una estructura básica de la sociedad. Es notable que el feminismo también erosiona el vínculo social directamente. El feminismo está detrás del creciente cuestionamiento del amor romántico y de la creciente desconfianza en general entre hombres y mujeres, del menosprecio del vínculo matrimonial, de la extensión de la sospecha sobre la masculinidad en sí misma, del debilitamiento de la figura paterna, de la victimización acrítica de las mujeres, de su irrefrenable irascibilidad y de la búsqueda constante de los más variopintos agravios femeninos de los que no se exige demostración y que, aún no pasando de la categoría de presuntos, sirven eficazmente para labores feministas de agitación, etc. Muchos de estos agravios no son tales, sino naturales divergencias de todo tipo fruto de las naturales diferencias entre los dos sexos, diferencias sexuales que la ideología feminista, en una tan obstinada como necesaria, desde el punto de vista de la propia ideología, negación de la realidad, discute. Las narrativas feministas a este respecto discurren en radical oposición a lo ocurrido. Es a la creciente influencia social de la ideología feminista, sin obviar otros motivos, a quién hay que atribuir el porcentaje creciente de divorcios y la caída en los índices de natalidad que sufren las sociedades del oeste europeo.

Entre esos otros motivos a que se hace referencia cabe destacar la importancia del liberalismo, esa otra ideología, de mayor alcance que el feminismo, más sectorial, y que sin ser hegemónica está camino de ser dominante.

El liberalismo está empecinado en socavar todo aquello que se opone a la expansión del mercado, a la maximización del beneficio y a la globalización, en tanto constitución de un mercado mundial, para el que el vínculo social, toda ligazón social no mediatizada por el mercado, constituye un poderoso obstáculo. A pesar de cierta adscripción de corrientes mayoritarias del feminismo a la izquierda, liberalismo y feminismo son perfectamente complementarios. Ambas resultan ideologías atomizadoras y la disolución social que facilita el feminismo resulta muy útil para el programa liberal.

Por todo lo dicho, y desde una perspectiva de construcción y reconstrucción de nuestra comunidad nacional, la lucha contra el feminismo es tan necesaria como la lucha contra el liberalismo. Si de reconstrucción del vínculo comunitario roto se trata, el feminismo también ha de ser derrotado. Ese es el camino para la recuperación de la confianza entre hombres y mujeres, para el fortalecimiento del matrimonio y para el incremento en las tasas de natalidad, elementos que requieren, antes que una serie de inconexas medidas de tipo predominantemente económico, la conquista de otra hegemonía.