Adorar la Biblia y no creer en Dios. Esto es el “constitucionalismo leguleyo” español

14.12.2017

¿Se imaginan que alguien que no cree en Dios, sin fe, un reconocido ateo, estuviera al mismo tiempo adorando la Biblia, y ensalzándola como el texto más sagrado existente?... Alguien que ame la Biblia, pero no quiere a Dios… una contradicción y un sinsentido, ¿verdad?. Esto es exactamente lo que está ocurriendo con el “constitucionalismo leguleyo” español, es decir, equiparar España con la Constitución del 78, y olvidarse, e incluso despreciar, el patriotismo.

España no es solo la Constitución de 1978, eso es limitarla, y además ponerla fecha de caducidad. España es más que una Ley, no es un mero libro jurídico. España es trascendente, está por encima de leyes, Gobiernos, regímenes políticos, Jefes de Estado, organización territorial, o banderas. Todo eso es temporal, hoy está, y mañana puede cambiar, pero España permanece.

La actual crisis de Estado, quizás la más grave en la Historia Moderna de España, no va de “Constitucionalistas” contra los que no lo son; esta crisis va de España contra los que la quieren destruir. O estás con España o estás contra ella, no valen medias tintas.

Los que asocian continuamente patriotismo español a Constitución del 78, le están haciendo un flaco favor a quienes quieren destruir España desde dentro. No necesariamente por ser patriota español se tiene que comulgar con los 169 Artículos de la Constitución, eso es precisamente lo que destruye el patriotismo, asociar patria (algo trascendente) con un Gobierno o un régimen político determinado (algo temporal).

Y es que aquí está el gran problema, el de esta asociación o equipación errónea de conceptos, por la la cual, como sucede cuando cogemos una cereza en un cesto de fruta, al tirar de una cereza (España), arrastramos al manojo entero de cerezas (Monarquía, partitocracia, leyes laxas, Autonomías, corrupción sistémica, etc.).

Hay además una segunda derivada en todo esto, que los que defienden la inmutabilidad de la Constitución como algo “sagrado”, son los que a su vez nos están empujando hacia una reforma “ad hoc” destinada a romper España como Estado-nación. Es decir, solo se puede tocar la Constitución para reformar lo que nos digan “los elegidos”.

La Constitución española tiene cosas buenas y malas, y puestos a abrir el melón de la reforma, se debería tratar el tema de una forma abierta y participativa, en la que se puedan abordar temas que preocupan y afectan a todos los españoles, y no solo ceñirnos a los dictados o imposiciones de una minoría de la población (los separatistas) o de la élite política (“la casta”). En ningún caso se puede tratar e idolatrar a la Constitución como los islamistas hacen con el Corán, es decir, como un libro sagrado al que hay que seguir al pie de la letra ciegamente. 

El problema que subyace de fondo, es que la Constitución del 78 es la estructura defectuosa (incluidos cimientos) del edificio estatal español. La actual Constitución española tiene problemas de estabilidad estructurales, sistémicos, defectos de diseño, que configuran al Estado con un diseño arquitectónico inestable.  Parece como si esta Constitución se hubiera basado más en la Constitución de 1974 de Yugoslavia (inestable, con gran poder de las minorías) que en la Quinta República Francesa (estable, poder de las mayorías).

Quizás tras la arquitectura estructural inestable de las Constituciones de España 1978 y Yugoslavia 1974 estaba la idea de reforzar, y hacer “imprescindible” al Jefe del Estado, no tanto en su forma jurídica como a la persona (Tito en Yugoslavia, Juan Carlos I en España), como “mediador” o “estabilizador”, para de esta forma poder “perpetuarse” en el cargo al ser algo vital para la propia supervivencia del Estado.

Decía Montilla, para excusar su inexcusable abstención en el Senado durante la votación sobre aplicar el 155, que “las instituciones catalanas son eternas” y que “sobre todo lo demás se puede votar”. Se equivoca por completo. Lo único inmutable es España como nación, todo lo demás es sobre lo que si se puede votar.